VII. Consideraciones hermenéuticas acerca del problema de las relaciones entre la ciencia y la fe



Como he ido mencionando a lo largo de este capítulo, existe una serie de problemáticas epistemológicas e históricas en torno a las relaciones entre la ciencia y la fe. Y es que inclusive sobre la “ciencia” se encuentran diversas definiciones y clasificaciones. En cuanto a las definiciones, señala el Diccionario de la lengua española[1]:

“Del latín scientia. F. Conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales. || 2. Saber o erudición… || 3. Habilidad, maestría, conjunto de conocimientos en cualquier cosa… || 4. Pl. Conjunto de conocimientos relativos a las ciencias exactas, fisicoquímicas y naturales…”

En relación con las clasificaciones, el mismo Diccionario indica:

“||- ficción: F. Género de obras literarias o cinematográficas, cuyo contenido se basa en hipotéticos logros científicos y técnicos del futuro. || - infusa: F. Conocimiento recibido directamente de Dios.|| 2. Saber no adquirido mediante el estudio. Usado frecuentemente en sentido irónico. || - pura: F. Estudio de los fenómenos naturales y otros aspectos del saber por sí mismos, sin tener en cuenta sus aplicaciones. || gaya - : F. Cultural. Arte de la poesía. || - exactas: F. Pl. Matemáticas. || - humanas: F. Pl. Las que, como la psicología, antropología, sociología, historia, filosofía, etc., se ocupan de aspectos del hombre no estudiados en las ciencias naturales. || - naturales: F. Pl. Las que tienen por objeto el estudio de la naturaleza, como la geología, la botánica, la zoología, etc. A veces se incluyen la física, la química, etc. || - ocultas: F. Pl. Conocimientos y prácticas misteriosas, como la magia, la alquimia, la astrología, etc., que desde la antigüedad, pretenden penetrar y dominar los secretos de la naturaleza. || - puras: F. Pl. Las que no tienen en cuenta sus aplicación práctica. || - sociales: F. Pl. Ciencias humanas…”

Como puede verse, no es posible afirmar que existe una noción única de ciencia, si bien todas ellas comparten el conocimiento como supuesto. De igual modo, dicho conocimiento abarca desde el ficticio y el oculto hasta el puro, pasando por los diversos conocimientos prácticos o aplicados. Esta falta de homogeneidad o de uniformidad no ha sido un obstáculo, todo lo contrario, para el avance, multiplicación y desarrollo de las ciencias. Pero, para circunscribir más el asunto, asumo que la ciencia tiene por objeto, por ejemplo,

 “todo aquello que el hombre conozca por medio de su razón, apoyándose en la experiencia, y en los medios e instrumentos que posea. No hablamos de lo que se podría conocer, sino de lo que captamos en un momento histórico determinado. Y el hombre no significa aquí un hombre determinado, sino el conjunto de la humanidad en ese momento”[2]

Como se puede comprender, se trata de un objeto formidable, que supera nuestra capacidad individual de conocimiento, que no logra abarcar la totalidad de la realidad existente en nuestro mundo ni mucho menos la realidad de Dios. Al menos por definición.

En cambio la fe, entendida en sentido propio teológico, es decir, como virtud[3] o fuerza otorgada por Dios y que tiene por objeto a Dios y no a personas o a instituciones de este mundo, abarca todo cuanto Él nos ha querido revelar. Y no todo cuanto Él podría haber querido revelarnos, sino sólo cuanto de hecho Él quiso revelarnos. Las religiones que admiten una revelación de Dios (Judaísmo, Islam y Cristianismo) discrepan en cuáles serían tales elementos, e inclusive, al interior de algunas de ellas, sus teólogos divergen sobre cuáles habría que considerar como auténticos dogmas[4].

Pero, como puede bien entenderse, un problema que aquí se origina es el de la calidad del conocimiento que se obtiene por una y otra vía. Y el diálogo entre científicos y teólogos debe ser muy consciente de esta problemática cualitativa. Pero también de la cuantitativa, por cuanto muchos que niegan la existencia de Dios, por ejemplo, rechazarán la existencia de una verdadera fe sobrenatural, reduciendo los conocimientos a los naturales, entre los que descuellan los conocimientos científicos. Así, pues, se puede discurrir que se trata de una consciente ubicación en un extremo de la realidad. Pero también sucede lo contrario, cuando uno, que se dice creyente, y que en opinión de muchos toma una posición denominada “fundamentalista”, sólo admite como conocimientos verdaderos aquellos que provienen de la fe, mientras considera como engaños diabólicos todos aquellos que no fueran conocimientos revelados por Dios. Se ubican estos tales, en el otro extremo de la realidad.

En estas condiciones, ¿de qué pueden, de qué tienen que sentarse a dialogar, hoy en día, las ciencias y la “ciencia” de la fe? Vale la pena, a este propósito y a este punto, hacer tres precisiones y tomas de conciencia necesarias en sendos apartes de esta sección: el primer aparte se refiere a las relaciones complejas, por no decir problemáticas y, para algunos, inclusive excluyentes, que han mantenido, sobre todo en Occidente, las religiones – y en particular el catolicismo – con las ciencias que comenzaron a cobrar auge especialmente a partir del Renacimiento y la Modernidad; el segundo y tercer apartes pretenden hacer una invitación y exigencia a la autocrítica y al caminar cauto durante nuestro caminar, a propósito, el segundo, de la relación del teólogo con su contexto social y de las condiciones morales que el mismo le impone al teólogo cuando quiere desempeñar responsablemente su labor; y el tercero, finalmente, a partir de nuestras reflexiones acerca de si, de alguna manera, se puede considerar como “ciencia” a la teología y bajo qué condiciones ello es posible. Expongo brevemente estas problemáticas.

1.    La relación entre religión y ciencia a partir de la Modernidad[5]


Al referirnos al primer tipo de relaciones, estoy volviendo sobre una problemática bastante conocida, pero aún no asimilada suficientemente en su generalidad y, sobre todo, que aún mantiene en la desconfianza a los interlocutores. Me refiero a la cuestión de la autonomía de las ciencias con respecto al cristianismo, en el marco, por supuesto aún más amplio, de las relaciones entre las ciencias y las religiones[6]. Otro problema, conexo con el presente, sin embargo, es el de las relaciones ciencias-ética y fe cristiana-ética, sobre las que oportunamente tendré que volver. Se trata de hacer ahora un necesario repaso histórico-teológico.

Recuerdo, en primer lugar, que por parte de algunos más conspicuos autores, se empezó desde el Renacimiento, y sobre todo en la Edad Moderna[7], un proceso de “revolución” que quiso poner en el centro de todo al hombre, y, más exactamente, su razón. Se ha tratado de un poner en el eje de la cuestión el problema epistemológico[8]. Pero ello llevó consigo a una paulatina y cada vez más radicalizada negación de la fe, de la Verdad revelada, de la teología, al menos en algunos sectores intelectuales principalmente. Se llegaba a sostener que para que lo científico, lo político, la cultura y los demás ámbitos de la vida progresaran era necesaria una “liberación del abuso de la teología”. De esta manera, vistas las cosas desde el ángulo religioso, se ha tratado de un proceso denominado de “secularización”. Cuando tal radicalización llegó incluso a la negación misma de Dios, al ateísmo, dicho proceso tomó un nombre aún más preciso, “secularismo”. La Constitución sobre la Iglesia en el mundo moderno del Concilio Ecuménico Vaticano II (1962-1965) se pronunció, tanto sobre el ateísmo en sus distintas formas[9] como sobre este proceso de secularización; diversos autores, luego, la han comentado[10]. Tendremos que volver sobre el asunto en el capítulo VI especialmente.

Las ciencias, en particular, como subsistema cultural, se refieren a representaciones mentales y son formas humanas de expresión. En la antigüedad se trataba, como la filosofía y conjuntamente con ella, de un “conocimiento por sus causas”. Pero, desde el Renacimiento, su objeto se fue especificando cada vez más, hasta tratar, y casi exclusivamente limitarse a, los fenómenos naturales experimentables, demostrables, predecibles, cuantificables y matematizables: lo que se denomina la positividad de las ciencias. Se entabló una verdadera “revolución” en su momento, hasta el punto que caracteriza, para muchos historiadores, la transición verdadera entre la Edad Media y la Edad Moderna. Coincidió este período, además, con la industrialización, lo que llevó a la ciencia a resaltar aún más sus características de racionalidad, productividad y eficiencia, en una perspectiva realmente pragmática, más que práctica. Las relaciones campo-ciudad se vieron también afectadas por el nuevo fenómeno; pero, más aún, las relaciones entre Naciones: las que poseían ciencia, técnica y tecnología, y las que no las poseían; los medios de comunicación social, primero en la prensa escrita y en los libros, luego en los electrónicos de la radio, la televisión y la computarización cibernética actual (“TIC” = Tecnologías de la Información y la Comunicación), han sido campo feraz para el avance de esta ciencia, cada día más globalizada. Se ha ido operando, entonces, lo que denominan autores sociales como la racionalidad científico-técnica, y, en otros casos, como las lógicas del mercado, imponiéndose, sutil o no tan sutilmente, como la única forma válida, eficaz y productiva de ejercicio de la razón, como si se tratase de la única manera de expresarse y de agotarse la racionalidad. Colombia no ha estado exenta de este movimiento, aunque en su condición, que comparte con muchos otros países del planeta, primero de colonia, luego de país subdesarrollado, o en vías de desarrollo, hasta su situación actual, en que se abre – a brazo partido – las posibilidades de un mejor estar, especialmente en los campos de la educación y la salud.

Para algunos autores, conocidos analistas de principios y mediados del siglo pasado, la religión católica, gracias a su influjo, fue causante, si no de todo, sí de buena parte del atraso científico en Colombia (¡y en gran parte del mundo!). Y lo dicen – y lo siguen diciendo otros hoy – sobre diversas materias[11]. Muy especialmente en lo que se refiere a la vida (a la vida humana, sobre todo), y... ¡al sexo! En el campo de las ciencias sociales la crítica está aún, quizás, más dividida. Aquí quiero referirme muy especialmente a las ciencias que denominamos empírico-analíticas por su interés técnico, y de la naturaleza, por razón de su objeto. A veces no se suelen reconocer, sin embargo, algunos hechos:

En el siglo I de nuestra era, y, por supuesto en los anteriores, las creencias, las supersticiones y aún las prescripciones que provenían de las religiones cosmogónicas aprisionaron en gran parte el pensamiento de sus contemporáneos: el fatalismo y el determinismo absoluto, que todavía, sin embargo, siguen campeando en algunas mentes y pueblos, eran el sentir común para muchos[12]. Fue entonces cuando en medio de la tradición religiosa judaica, y más aún, humana, irrumpió el anuncio de Jesucristo, mediador entre Dios y los hombres, entre los hombres y Dios. Y las posibilidades ciertas para el desarrollo de las diversas formas que es capaz de elaborar el pensamiento fueron aseguradas gracias especialmente a una religión cuya liberación, desmitificación y desacralización no han sido todavía plenamente comprendidas.

De ahí en adelante la tradición cristiana, especialmente por parte de algunos Padres apologistas[13], empezó a buscar, a probar y a retener[14] todos aquellos mecanismos que les permitieran a los diversos pueblos y a sus culturas, establecer preámbulos para la fe; y, una vez asumida y asimilada, desarrollar esa misma fe, sin perder de vista ni desvirtuar los patrimonios lingüísticos y filosóficos de cada pueblo, adaptándose “a su saber popular pero también a las exigencias de los sabios en cuanto era posible”[15].

Más tarde, también es un hecho poco reconocido por muchos, cuánta acogida brindó la Iglesia cristiana a las ciencias nacientes. Precisamente San Alberto MAGNO (1206-1280) – quien fuera profesor Santo Tomás DE AQUINO –, gracias a su dedicación a las ciencias naturales, es rememorado como patrono de los científicos[i] (véase la nota final). Mucho se suele hablar del oscurantismo del Medioevo, y he ahí un ejemplo de lo contrario.

Así mismo, se habla mucho en todo el período de la Edad Moderna de la “Inquisición”, cuyos errores ciertos no han de ocultarse. Pero, en justicia, han de reconocerse otros hechos que no son menos dicientes e importantes, ya que miembros prestantes de la Iglesia fueron Nicolás COPÉRNICO (1473-1543) y el mismo Galileo GALILEI (1564-1642), a quién se llegó a procesar, no a condenar a muerte, por dicho tribunal. Autoridades y fieles de la Iglesia se equivocaron en ciertos de esos casos, como lo ha reconocido el Papa JUAN PABLO II en diversas ocasiones y creando comisiones, incluso, para estudiar y dilucidar tales episodios. Más aún, ha pedido perdón – y ha perdonado – por la “responsabilidad objetiva que une a los cristianos, en cuanto miembros del Cuerpo místico”, “a la luz de un cuidadoso discernimiento histórico y teológico”, pero no para quedarse en una triste mirada retrospectiva, sino ante todo para “despertar nuestra conciencia ante los compromisos del presente, abriendo a cada uno el camino de la conversión”[16].

Insistiendo en las problemáticas de este período, en cumplimiento de esta tarea encomendada por el Pontífice, y con este criterio señalado de ser simultánea y rigurosamente “histórico y teológico”, la COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL, órgano adscrito a la Congregación para la Doctrina de la Fe de la Santa Sede, ha explorado y elaborado una forma de proceder para examinar esos diversos episodios particularmente complejos y todavía sensibles en las relaciones entre la Iglesia católica y las comunidades científicas. El resultado es el documento mencionado por el Santo Padre en tan solemne ocasión, y que, para el objetivo que me propongo ahora, baste con citar en la parte pertinente, por su longitud, en nota al final[ii], sin dejar de llamar la atención sobre el siguiente párrafo:

“3. El uso de la violencia al servicio de la verdad.
Al anti testimonio de la división entre los cristianos hay que añadir el de las ocasiones en que durante el pasado milenio se han utilizado medios dudosos para conseguir fines buenos, como la predicación del Evangelio y la defensa de la unidad de la fe: «Otro capítulo doloroso sobre el que los hijos de la Iglesia deben volver con ánimo abierto al arrepentimiento está constituido por la aquiescencia manifestada, especialmente en algunos siglos, con métodos de intolerancia y hasta de violencia en el servicio a la verdad». Se refiere con ello a las formas de evangelización que han empleado instrumentos impropios para anunciar la verdad revelada o no han realizado un discernimiento evangélico adecuado a los valores culturales de los pueblos o no han respetado las conciencias de las personas a las que se presentaba la fe, e igualmente a las formas de violencia ejercidas en la represión y corrección de los errores.
Una atención análoga hay que prestar a las posibles omisiones de que se hayan hecho responsables los hijos de la Iglesia, en las más diversas situaciones de la historia, respecto a la denuncia de injusticias y de violencias: «Está también la falta de discernimiento de no pocos cristianos respecto a situaciones de violación de los derechos humanos fundamentales. La petición de perdón vale por todo aquello que se ha omitido o callado a causa de la debilidad o de una valoración equivocada, por lo que se ha hecho o dicho de modo indeciso o poco idóneo»[17].

Quisiera resaltar, sin embargo, que en el texto de la nota final (n. ii) he intercalado unos asteriscos. En el lugar señalado con *, el texto pone la siguiente referencia: “Cf., para cuanto sigue, H. G. GADAMER, Verdad y método (Salamanca 1977).” Bien conocido es el autor citado[18]. Y en **, encuentro lo siguiente: “B. LONERGAN, Il metodo in teologia (Brescia 1975) 173”. Los aportes de estos dos autores son significativos para nuestro trabajo y se verán oportunamente.

¿Acaso es extraña esta manera de proceder? Alguno esperaría que las citas fueran sólo de documentos bíblicos, o de Pontífices anteriores, o de autores tradicionales, etc. Pero no es así. Y no ocurre por primera vez. Si se examinan los textos elaborados y publicados por Pontífices y Concilios, no sólo se tienen en cuenta sus obras polémicas para controvertirlas o para prohibirlas; hallo, por el contrario, que, en innumerables lugares, tanto los Sumos Pontífices como los Concilios Ecuménicos y los Obispos, en sus documentos oficiales, como los teólogos en sus escritos, y la Iglesia en general, han aprovechado la experiencia de la humanidad (cf. GS 44) para ahondar en los problemas humanos y para exponer su posición sobre ellos. No importa de qué lugar provenga ese conocimiento interior, dialogal y razonado, con tal que le permita hacer claridad en un asunto. Porque sus descubrimientos no son para ella sola, “de su propiedad” exclusiva, sino de y para toda la humanidad.

Pero no me detengo. Prosiguiendo este rapidísimo repaso de la historia, y llegándome a los tiempos más recientes, ¿quién puede negar la importancia, entre otros brillantes investigadores, del sacerdote Juan Gregorio MÉNDEL (1822-1884), en las ciencias genéticas; del sabio sacerdote y médico José Celestino MUTIS BOSIO[19] (1732-1808) en los albores de la Independencia nacional, o del aún recordado Enrique PÉREZ ARBELÁEZ, S. J.[20] (Medellín, 1896 - Bogotá, 22 de enero de 1972), entre nosotros y en nuestro tiempo, en el campo de las botánicas? Fueron todos ellos hombres de Iglesia. Y ello sin mencionar un sinnúmero de laicas y laicos…

Por último en este recuento, debo nombrar la creación en 1603 de la PONTIFICIA ACADEMIA DE LAS CIENCIAS[21], antiguamente conocida como Academia Lynceorum a la que perteneció el ya nombrado Galileo Galilei; y, en los últimos catorce años la creación de las PONTIFICIAS ACADEMIAS DE LAS CIENCIAS SOCIALES[22] y DE LAS CIENCIAS DE LA VIDA[23]. Toda esta actividad muestra muy a las claras – para quien quiera ver – y resaltan, de nuevas maneras, cuán lejana está la Iglesia Católica de observar con desinterés y de desanimar o contradecir a toda costa la investigación científica. Inclusive hoy, cuando las ciencias no vacilan en aplicar los métodos de observación y de experimentación al hombre mismo, dando origen a las contemporáneas disciplinas sociológicas, antropológicas, psicológicas y médicas, con notables progresos en el descubrimiento de ciertas conexiones entre hechos de la vida social y de la vida íntima, y en el tratamiento y terapia de problemas a partir de tales descubrimientos, no pueden calificarse de impíos estos propósitos llevados a cabo conforme a la estructura del hombre. Todas las ciencias, puedo afirmarlo sin ambages, bajo cualquier catalogación con que se las quiera considerar[24]: naturales (físicas, químicas, etc.), humanas y aplicadas, encuentran un ambiente en principio favorable dentro del pensamiento cristiano-católico contemporáneo[25], salvas siempre la dignidad de la persona humana y la realización del bien común. Nuestras Facultades de la Pontificia Universidad Javeriana así lo hacen explícito[26].

Con todos estos antecedentes bien se puede comprender el aprecio general positivo de los cristianos hoy, cuya vocería es expresada por el Concilio, cuando manifestó:

“para aumentar este trato sobre todo en tiempos como los nuestros, en que las cosas cambian tan rápidamente y tanto varían los modos de pensar, la Iglesia necesita de modo muy peculiar la ayuda de quienes por vivir en el mundo, sean o no sean creyentes, conocen a fondo las diversas instituciones y disciplinas y comprenden con claridad la razón íntima de ellas”[27].

Y el mismo Concilio, para precisar aún más su pensamiento, leyó en perspectiva teológica el hecho del diálogo entre ciencias y teología, sus exigencias y sus posibilidades:

“Muchos de nuestros contemporáneos parecen temer que, por una excesivamente estrecha vinculación entre la actividad humana y la religión, sufra trabas la autonomía del hombre, de la sociedad o de la ciencia.
“Si por autonomía de la realidad terrena se quiere decir que las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores, que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar poco a poco, es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía. No es sólo que la reclamen imperiosamente los hombres de nuestro tiempo. Es que además responde a la voluntad del Creador. Pues, por la propia naturaleza de la creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias y de un propio orden regulado, que el hombre debe respetar con el reconocimiento de la metodología particular de cada ciencia o arte. Por ello, la investigación metódica en todos los campos del saber, si está realizada de una forma auténticamente científica y conforme a las normas morales, nunca será en realidad contraria a la fe, porque las realidades profanas y las de la fe tienen su origen en un mismo Dios. Más aún, quien con perseverancia y humildad se esfuerza por penetrar en los secretos de la realidad, está llevado, aun sin saberlo, como por la mano de Dios, quien, sosteniendo todas las cosas, da a todas ellas el ser. Son, a este respecto, de deplorar ciertas actitudes que, por no comprender bien el sentido de la legítima autonomía de la ciencia, se han dado algunas veces entre los propios cristianos; actitudes que, seguidas de agrias polémicas, indujeron a muchos a establecer una oposición entre la ciencia y la fe”[28].

Concluyendo, pues, no necesariamente la ciencia es antagónica con la fe cristiana. Más bien, como he dicho, la ciencia puede ser considerada un fruto de ella. Pero, aun respetando tal autonomía de las ciencias frente a la fe y la religión, lo mismo que la relativa de las ciencias ante la ética y la moral, no puede negarse la interrelación que existe entre todas ellas ni tampoco la imperiosa necesidad de que dicha interrelación, en los máximos grados posibles, se ponga en práctica, para buscar y encontrar los caminos de una auténtica libertad humana. La experiencia humana reflexiona sobre sí misma. Puede originarse allí o bien un conflicto entre las ciencias, la moral y la fe. Pero puede originarse también un encuentro provechoso y de reconciliación, cuando se considere y valore cuánto la fe y la moral pueden recibir de las ciencias, gozando éstas de su autonomía legítima; y a su vez, éstas, de la libertad del espíritu que no queda circunscrita a lo que está al alcance de las ciencias y de su metodología. Dicho en otros términos, se respeta la autonomía de las ciencias, pero encuadrada en el marco de las normas morales. Entonces la ciencia nunca será contraria a la fe. No es una lesión a la objetividad, requisito de la verdadera ciencia, sino aporte de un conocimiento alto y principal, propio y digno del ser humano.

Este rápido recuento de algunos hechos de la historia leídos en clave teológica nos ofrecen una serie de reflexiones sumamente importantes, en relación con la necesidad de no enfrentar sino de conjugar las fuerzas y dinamismos procedentes de las ciencias y de las religiones con el propósito de servir al bien común, al bien humano. Pero, así mismo, en orden al manejo metodológico de esta investigación se trata, por supuesto, de un criterio sumamente importante, pues no sólo la disciplina canonística, sino la misma teología del derecho canónico puede y debe hacer un uso provechoso de lo que las disciplinas científicas logran con sus avances, y viceversa. Y no sólo a partir de las sociales y humanas, como se suele considerar, sino, como bien dice el Concilio, “en todos los campos del saber”. Tendré oportunamente que volver sobre el asunto.

2.    El teólogo en ejercicio constante de autocrítica

Quizás abuso de la benevolencia de mi lector si comienzo este aparte planteándole una cuestión particularmente confidencial. Permítame, de todos modos, confiársela e invitarlo a preguntarse si comparte o no, al menos parcialmente, estas reflexiones sobre un tema delicado y complejo, pero necesario y urgente.

Una de las principales preocupaciones del teólogo católico, en todas partes y en todas las épocas, pero con unas características y énfasis especiales en América Latina, en los últimos decenios, ha sido mantener su fidelidad a Jesucristo y a su Evangelio. Esto nunca ha sido fácil, como tampoco, bajo las variadas, complejas y rápidamente cambiantes circunstancias, lo es hoy. Cuando escribo, pienso que debo escribir pensando especialmente en mis interlocutores, pero también, siendo sincero con lo que creo y en cuanto pienso y digo. Una investigación doctoral es, a su manera, una cierta profesión de fe. En cualesquiera de los campos en que ella se produzca, de cierta forma manifiesta el convencimiento del autor hacia el saber, hacia una disciplina y hacia unos presupuestos que, incluso así intente desmontar o contradecir “metódicamente”[29] para hacer avanzar el conocimiento, son el resultado de sus más íntimos afectos y convicciones. De lo contrario no se expondría a iniciar siquiera una búsqueda cuyo destino y término final desconoce.

Lo mismo ocurre con quien esto suscribe: se sabe inmerso en un mar de situaciones de las que es preciso ser consciente, pero también de otras muchas de las que no lo es, y que, de todos modos, lo afectan. Tensiones que se le proponen por ser miembro de una comunidad de fe que anuncia, con misión propia e indefectible, la salvación humana; que la reflexiona, la celebra, y trata, no abandonada a sus solas fuerzas, de ponerla en práctica en todos los momentos de su actuación. Tensiones, además, que se le presentan debido a su inserción en un mundo, en una época de la historia humana, en unas circunstancias particulares, locales, regionales, nacionales, continentales, universales. En relación con estas tensiones últimas no puede dejar de examinar y de ser crítico en el debate, inclusive en el conflicto, que se da no sólo en los niveles filosóficos sino también en los económicos, políticos y más ampliamente culturales, entre las diversas percepciones acerca del mundo y del ser humano. Porque existen puntos de vista diversos sobre asuntos fundamentales y cruciales en los interlocutores que, aun desprevenidamente, no pueden ser considerados “neutros” o “indiferentes” para quien ha hecho una opción por la fe en el seno de la Iglesia católica. Y dos de ellos, principalísimos, son, por una parte, el concepto o consideración que se tiene de lo humano; por la otra, si tiene en cuenta o hace explícita una determinada ontología.

Ha de observarse que, desde esa precisa concepción de lo humano y de la ontología que la subyace se favorece lo que se estima positivo y asumible por parte de los individuos, grupos, sociedades y culturas; o se denuncia, por el contrario, lo que se considera negativo y evitable para ellos. Y así ocurre cuando se relaciona todo con Dios. Se comete, sin duda, una equivocación y, en el plano moral una falta contra El mismo, cuando se opta en nombre de la fe por algo que no esté a la altura de su rango. Sucede mucho en los debates políticos, económicos, éticos y sociales del momento, en los que existen muchos intereses en pugna. Pero, de otra parte, existe también el peligro de claudicar ante los desafíos, cuestionamientos y dificultades, con ánimo meramente oportunista o parcializado. Actuando así, el teólogo estaría renunciando o perdiendo algo que le es esencial. Al teólogo, como miembro representativo de la Iglesia, le corresponde servir. Y servir a todos; y, en nuestro contexto, en los ámbitos de la reflexión y la discusión académica; y aún de la política. Cuando las controversias conducen a las radicalizaciones y éstas a luchas incluso violentas, él debe ayudar a esclarecer, a prevenir, a buscar conciliaciones cuando son posibles y necesarias, a explicar, a tender puentes, a profundizar; a participar con las mujeres y hombres de su tiempo en las incertidumbres, en las certezas…, como el primer interesado por la justicia, la verdad y la paz.

Como hijo de su tiempo, también el teólogo – como por lo demás quienquiera que se dedique a la investigación y/o a la docencia, y ello debería reconocerlo honradamente - posee un conjunto de conocimientos, valores y creencias, de representaciones y símbolos, en los que nació y creció, que ha ido asimilando, pero que también él ayuda a reforzar, o a modificar y a formar: sobre sí mismo, sobre la situación en que vive, sobre su vida misma y sobre su sentido o su no-sentido, sobre un “más acá” y un “más allá”, sobre su propio proyecto vital a elaborar y a ejecutar… A dicho conjunto se lo ha denominado, por parte de algunos, “ideología”[30]. Pero nada de lo que piense y sabe existe desvinculado, no sólo de sus emociones sino incluso de las propias prácticas y de sus propios intereses. Se trata, como se sabe, de unas relaciones que no necesariamente son intencionales. Porque como acto vital e histórico, el conocimiento del teólogo también es un acto limitado por diversos factores (biológicos, sicológicos, culturales…), y, al mismo tiempo, imperfecto y abierto a nuevas situaciones que lo enriquecen y contribuyen a modificarlo. ¿Es suficientemente consciente de todo esto, o no? ¿Cuáles son, abierta u ocultamente, sus fundamentos ontológicos y antropológicos?

Para comenzar nuestro intento por responder a este interrogante y a estas inquietudes, conducentes a provocar un nuevo examen de la actividad del teólogo, a invitarlo a la cautela pero especialmente a la decisión, presento la opinión de un connotado filósofo, Jürgen HABERMAS. Según él, ningún saber, aún el antiguo, aún el denominado ontológico, está exento de influencias y de intereses, así como unas y otros establecen relaciones con su método, porque también éste es elaborado por personas y grupos en directa vinculación con su entorno social:

“Para tres categorías de procesos de investigación se deja demostrar una conexión específica de reglas lógico-metódicas e intereses que guían al conocimiento. Ésta es la tarea de una crítica de la ciencia que escape a las trampas del positivismo. En el ejercicio de las ciencias empírico-analíticas interviene un interés técnico del conocimiento; en el ejercicio de las ciencias histórico-hermenéuticas interviene un interés práctico del conocimiento, y en el ejercicio de las ciencias orientadas hacia la crítica interviene aquel interés emancipatorio del conocimiento que ya, como vimos, subyacía inconfesadamente en la ontología tradicional”[31].

Dos elementos quiero destacar en esta cita. Por una parte, la categorización, nueva, entre las ciencias. Desde el siglo XIX, y probablemente en Alemania, se había distinguido entre las “ciencias de la naturaleza”, las “ciencias del espíritu” y las “ciencias puras o matemáticas”, sobre todo en razón de su objeto material de investigación, entre otras clasificaciones posibles. La división que propone Habermas hace referencia a dos variables que él considera conjuntas, las “reglas lógico-metódicas” con las que cada uno de los grupos de ciencias procede, y, segundo, los “intereses” que guían cada tipo de conocimiento. No se opone el autor a que conserve cada una de ellas su propia índole en aras de una uniformidad metodológica imposible ni de una homogeneidad en las motivaciones y finalidades, que le son específicas a cada una de las ramas del conocimiento, pues al quitar toda clase de límites se llegaría a un caos totalmente contradictorio con los criterios de unidad, distinción y orden que impone un proceder razonable y razonado, típico del proceder lógico-científico.

De otra parte, en una época en la que se asumen puntos de partida que excluyen con frecuencia del pensamiento filosófico y de otros ámbitos culturales cualquier referencia al ser – particularizándose con empobrecimiento y distanciándose de notables pensadores del ayer lejano y cercano y de pensadores de hoy –  llama poderosamente la atención que escritor tan reconocido, y cuya autoridad para muchos es inobjetable por sus razonamientos y profundidad hermenéutica, señale que la “ontología tradicional”[32] cumplía una tarea – si bien no suficientemente concientizada por sus mismos cultores – “emancipatoria”, en su lenguaje, o “liberadora”, traduciría yo, desde una mirada no sólo latinoamericana sino de la más profunda raigambre evangélica (μέτα - νοũς). Es una particularidad del pensamiento que procura ser total (no “totalitario”).

Los anteriores planteamientos cobran particular vigor y representan, en mi opinión, todo un reto para cualquier investigador, especialmente en nuestro tiempo de incertidumbres y de “borrón y cuenta nueva”, que parecieran caracterizar la época postmoderna...  De hecho, la Encíclica Fides et ratio de JUAN PABLO II[33] lo reclama como una de las imperiosas necesidades que debería afrontar cualquier pensador – ¡la academia! -, especialmente si está interesado en fundamentar – en la persona humana y en el ser – y, aún, en testimoniar que es posible una relación viva y vital entre la fe y la cultura, entre la fe y la vida. Más aún, el Papa considera que la tarea de relacionar la fe y la razón – y de saberlo hacer –, incluso en la búsqueda de los fundamentos en el ser, no se desligan de la experiencia, permanente y sorpresivamente actual, de la espiritualidad y de la búsqueda de sentido, que tocan, de igual modo, a ámbitos tan diversos como el de la liturgia:

“A primera vista, parece quedar marginada por una sociedad ampliamente secularizada. Pero es un hecho indiscutible que, a pesar de la secularización, en nuestro tiempo está emergiendo, de diversas formas, una renovada necesidad de espiritualidad. Esto demuestra que en lo más íntimo del hombre no se puede apagar la sed de Dios. Existen interrogantes que únicamente encuentran respuesta en un contacto personal con Cristo. Sólo en la intimidad con él cada existencia cobra sentido, y puede llegar a experimentar la alegría que hizo exclamar a Pedro en el monte de la Transfiguración: "Maestro, ¡qué bien se está aquí!" (Lc 9, 33).”[34]

Fidelidad a Jesucristo y a su Evangelio, tensiones, concepción de lo humano, persona humana, conjuntos de conocimientos, valores y creencias, representaciones y símbolos, espiritualidad, sentido, emancipación, ontología... Categorías que en nuestra disertación académica vienen a ocupar un lugar prominente.

Pero, aun cuando el teólogo pretenda tener una visión global del mundo, ha de ser consciente de que ella lo es apenas en su intención; que su visión, por tanto, del mundo y de la historia, es parcial y no es posible para él lograr captar todos los aspectos de la realidad, porque existen aspectos que se le ocultan, por perspicaz que fuera en su mirada y vastos sus conocimientos. Lo que él conoce de la realidad no la abarca en su plenitud. Y para intentar llegar a poseer una visión global de las cosas es necesario no sólo partir de, sino acumular e integrar, más o menos coherentemente, un sinnúmero de elementos particulares. Con todo, estos elementos particulares se enmarcan ineludiblemente en intereses de grupos, algunos de ellos ya estructurados en sus valores e ideologías, es decir, en muy precisas miradas del mundo y del hombre[35]. Reitero, entonces: ¿qué tan consciente es uno de todo ello?

Acerca de la necesidad de este espíritu autocrítico, y de su ejercicio práctico permanente, debo volver también al referirme a los diversos intereses en las ciencias[36]. Por ahora señalo que el teólogo sí debe examinar si los pre-conceptos, las imágenes y representaciones que tiene sobre la realidad coinciden, o no, con la realidad “real”, si se me permite la expresión. Porque puede ocurrir que el teólogo haya asumido una manera de considerar las cosas que no se corresponden con la realidad. Me refiero, particularmente, a ciertas maneras de considerar la realidad social, pero también a ciertas maneras de acercarse al mundo de la cultura en toda su vastedad, como con una visión miope de las cosas. Cuanto se refiriera en sus palabras a ello, no estaría contribuyendo a esclarecerla y a hacerla mínimamente patente, sino, por el contrario, a disimular la realidad, a ocultarla, a falsificarla, a enmascararla o a tergiversarla.
           
Expresaba ya que la propia visión del teólogo no es intencionalmente falsa en todos los casos. En efecto, esta falsificación puede ser consciente o inconsciente. Cuando es inconsciente, se la denomina ilusión. Obsérvese bien que no se trata propiamente de un error en la afirmación que uno hace acerca de algo, sino, más bien, de un error que se cree verdad. Las ciencias en su conjunto tratan de ser críticas, y en principio se basan no en ilusiones sino en realidades. Así mismo el teólogo, no puede ser él a-crítico, sino tratar de basarse siempre en las realidades que están bajo su objeto de atención. El teólogo, al menos en principio, como le ocurre a cualquier otra persona normal, no quiere ni puede vivir en la ilusión, teniendo una falsa conciencia de la realidad – incluso social – de su entorno. De ahí su permanente interés, necesidad y deber de la crítica y de la autocrítica. Y, en este sentido afirmo que se impone una tarea que en el más amplio pero verdadero sentido puede llamarse científica. Lo científico se opone principalmente a lo ilusorio.

Pero puede también ocurrir que esa falsificación sea consciente. Y en este caso posee entonces un contenido ético. Se la denomina mentira o interés injustificado. El problema de “manipulación”[37] que se presenta, por tanto, no consiste en que algo sea falsedad o interés injustificado, sino en que ello sea presentado como verdad y digno de encomio. Su sentido es claramente ofensivo. Su contenido no es sólo epistemológico, un error o una ilusión, sino verdaderamente ético.

Pero, ¿qué disimula u oculta este modo de pensamiento?  Los aspectos desagradables de la sociedad, sus contradicciones, todo aquello que va contra los intereses de un grupo.

¿Por qué lo hace? Porque esa corriente tiene interés en hacer esa simulación. Pretende proponer el discurso de su interés contra los intereses de otro grupo. Es acción que asumen particularmente los grupos hegemónicos que quieren hacer una manipulación, que aquí califico como “ideológica”, de la realidad social, ocultando las contradicciones de las que se nutren sus intereses y sacan ventajas. Esos grupos producen filosofías generalmente de manera inconsciente. Pero tienen sus “pensadores”, verdaderos profesionales de la simulación...

¿Cómo actúa esta manipulación ideológica? Mediante un proceso de engaño en el que se esconde mostrando: la falsedad se presenta con la apariencia de la verdad, la contradicción social bajo apariencia de armonía, lo cultural como natural, lo voluntario como fatal, lo histórico como eterno, lo relativo como absoluto.

¿Qué efecto se pretende? Crear un consenso social que proporcione unidad a una sociedad conflictiva bajo la hegemonía de un grupo dominante. Los intereses particulares se presentan como los intereses generales, y su pensamiento particular es presentado como el más lógico y evidente.

Pero la dominación ideológica nunca es total. Surgen siempre otras ideologías opuestas como las de los grupos que sufren la manipulación dominante.

Como he dicho, existe también una representación “no-ideológica” de la sociedad, la que nos proporcionan la crítica y la ciencia (cf. ChL 44c). La ciencia se opone a la ideología, aunque no existe un saber exento de intereses ni puede haber un saber a-histórico que se sitúe por fuera de las condiciones materiales, espirituales e ideológicas dentro de las cuales se produce. Cuando la ciencia descubre en sí misma esos residuos ideológicos debe tratar de eliminarlos, si bien ha de ser consciente de que una ciencia totalmente transparente y aséptica de intereses es utópica.

Para tomar una posición crítica frente a la presencia y a la acción de tales manipulaciones ideológicas es necesario asumir una mirada no “aséptica”, como han recalcado el Magisterio pontificio[iii], el Magisterio episcopal latinoamericano y diversas expresiones de la teología de la liberación: ésta, en su momento, la posición del desvalido, del excluido, del pobre[38]; el Magisterio episcopal latinoamericano, la actitud del “discípulo”. Todas han elaborado, en la medida de lo posible, una visión de los intereses que representan a la sociedad en su conjunto y generado un aporte crítico sobre los conflictos inherentes a la vida social. Sobre la Teología en relación con sus criterios constitutivos y a su método, tendremos ocasión de volver más adelante[39].

Por último, me pregunto si es posible una sociedad sin enmascaramientos ni ideologías. Parece que no. Una sociedad que poseyera tan alta conciencia, que fuera totalmente transparente, es casi impensable. Existen siempre aspectos ocultos, con referencia tanto a acontecimientos pasados como del presente y del futuro. Se trataría de una sociedad absolutamente racional: una utopía que es necesaria y legítima en la medida que permanezca como un horizonte último para todo el proceso histórico. En caso contrario, degeneraría en el utopismo, que es una nueva forma de ideología. Y esto deben precaverlo tanto el teólogo como el científico.

Para concluir este aparte, reiterada invitación a la toma de conciencia de la realidad social y a la autocrítica que se hace el autor a sí mismo, no puedo menos que citar a este propósito una de las más lúcidas expresiones del magisterio del Papa JUAN PABLO II. Juzgo como muy consciente, consecuente y paradigmática su intervención con ocasión de la actual coyuntura mundial. Me parece que él desvela estos entresijos en la encíclica Centesimus annus (1991). A primera vista se trató, en su momento, de un simple documento-balance del centenario del Magisterio social pontificio desde la Rerum novarum y, particularmente, después de los sucesos de 1989, perestroika y caída del muro de Berlín con los hechos subsecuentes. Pero, en realidad, salvo mejor opinión, mirada diecisiete años después, se efectuó en ella una auténtica caracterización y manifestación de las preocupaciones a las que he hecho alusión en los párrafos anteriores, denunciando manipulaciones ocultas y alentando acciones críticas, llenas de auténtica esperanza y eficaces. Y todo ello realizado metodológicamente al estilo de las distinciones propias de la argumentación más clásica escolástica y tomista[40]. El Santo Padre, en ese texto y en forma “profética”, considero que no se dejó deslumbrar por, ni asumió indiscriminadamente, una forma de pensamiento o un clima cultural, por más que fuera inclusive altamente atractivo y seductor; y que, por el contrario, ejemplarmente, denunció cualquier tipo de manipulación ideológica en la que el teólogo – el fiel cristiano, más aún – conscientemente pudiera incurrir:

“19d. Otra forma de respuesta práctica, finalmente, está representada por la sociedad del bienestar o sociedad de consumo. Ésta tiende a derrotar al marxismo en el terreno del puro materialismo, mostrando cómo una sociedad de libre mercado es capaz de satisfacer las necesidades materiales humanas más plenamente de lo que aseguraba el comunismo y excluyendo también los valores espirituales. En realidad, si bien por un lado es cierto que este modelo social muestra el fracaso del marxismo para construir una sociedad nueva y mejor, por otro, al negar su existencia autónoma y su valor a la moral y al derecho, así como a la cultura y a la religión, coincide con el marxismo en reducir totalmente al hombre a la esfera de lo económico y a la satisfacción de las necesidades materiales.
“34a. Da la impresión de que, tanto a nivel de naciones, como de relaciones internacionales, el libre mercado es el instrumento más eficaz para colocar los recursos y responder eficazmente a las necesidades. Sin embargo, esto vale sólo para aquellas necesidades que son «solventables», con poder adquisitivo, y para aquellos recursos que son «vendibles», esto es, capaces de alcanzar un precio conveniente. Pero existen numerosas necesidades humanas que no tienen salida en el mercado. Es un estricto deber de justicia y de verdad impedir que queden sin satisfacer las necesidades humanas fundamentales y que perezcan los hombres oprimidos por ellas. Además, es preciso que se ayude a estos hombres necesitados a conseguir los conocimientos, a entrar en el círculo de las interrelaciones, a desarrollar sus aptitudes para poder valorar mejor sus capacidades y recursos. Por encima de la lógica de los intercambios a base de los parámetros y de sus formas justas, existe algo que es debido al hombre porque es hombre, en virtud de su eminente dignidad. Este algo debido conlleva inseparablemente la posibilidad de sobrevivir y de participar activamente en el bien común de la humanidad.
“39d. Estas críticas van dirigidas no tanto contra un sistema económico, cuanto contra un sistema ético-cultural. En efecto, la economía es sólo un aspecto y una dimensión de la compleja actividad humana. Si es absolutizada, si la producción y el consumo de las mercancías ocupan el centro de la vida social y se convierten en el único valor de la sociedad, no subordinado a ningún otro, la causa hay que buscarla no sólo y no tanto en el sistema económico mismo, cuanto en el hecho de que todo el sistema sociocultural, al ignorar la dimensión ética y religiosa, se ha debilitado, limitándose únicamente a la producción de bienes y servicios.
“40b. He ahí un nuevo límite del mercado: existen necesidades colectivas y cualitativas que no pueden ser satisfechas mediante sus mecanismos; hay exigencias humanas importantes que escapan a su lógica; hay bienes que, por su naturaleza, no se pueden ni se deben vender o comprar. Ciertamente, los mecanismos de mercado ofrecen ventajas seguras; ayudan, entre otras cosas, a utilizar mejor los recursos; favorecen el intercambio de los productos y, sobre todo, dan la primacía a la voluntad y a las preferencias de la persona, que, en el contrato, se confrontan con las de otras personas. No obstante, conllevan el riesgo de una «idolatría» del mercado, que ignora la existencia de bienes que, por su naturaleza, no son ni pueden ser simples mercancías.
“42. Volviendo ahora a la pregunta inicial, ¿se puede decir quizá que, después del fracaso del comunismo, el sistema vencedor sea el capitalismo, y que hacia él estén dirigidos los esfuerzos de los países que tratan de reconstruir su economía y su sociedad? ¿Es quizá éste el modelo que es necesario proponer a los países del Tercer Mundo, que buscan la vía del verdadero progreso económico y civil?
La respuesta obviamente es compleja. Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de «economía de empresa», «economía de mercado», o simplemente de «economía libre». Pero si por «capitalismo» se entiende un sistema en el cual la libertad[41], en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa.”[42]


Concluyo, pues, este aparte, insistiendo en que la conciencia de los propios límites, para un investigador en particular, como para un grupo e inclusive para una comunidad científica, es elemento de primer orden también para el teólogo del derecho canónico, así como para el canonista. Las anteriores reflexiones permanentemente tenidas en cuenta, motivarán y advertirán para mantener los ojos bien abiertos, con ánimo desprevenido pero al mismo tiempo nada ingenuo, al momento de la revisión del problema entre Cristología y Derecho canónico, y de la implementación de un “Modelo hermenéutico” que permita articularlos.

3.    La teología: ¿Ciencia, disciplina, saber, arte, cultura, sabiduría...?

Ahora bien, esto ocurre de modo especial en quienes cultivan las ciencias, en toda su variedad, riqueza y complementariedad. Pero, ¿qué constituye a un saber, a un conocimiento, precisamente como científico? ¿Puede decirse de la teología, que es ella un conocimiento científico, en igualdad o en similitud de condiciones con otros conocimientos? Las respuestas a lo primero han sido innumerables a lo largo de los siglos, desde ARISTÓTELES[43], y especialmente en los últimos tiempos. Con respecto a lo segundo, se remonta la respuesta, más argumentada y desde el plano de la revelación cristiana, a Santo Tomás DE AQUINO (cf. lo que diré más adelante, en el cap. III, al hablar de la “teología”, p. 309, n. lxviii), no sin advertir, como ya he señalado, que una distinción neta y clara entre filosofía y ciencia no se vino a producir sino con el desarrollo de las ciencias experimentales, restringiéndose a éstas el concepto de ciencia, por su positividad[44]; pero de tal influjo también la teología recibió un impacto, de modo que también ésta comenzó a considerarse, para estar a la altura de las otras, ciencia, y de alguna manera, desprestigiándose su condición de “sabiduría de la fe”, según el aforismo tradicional, “intelligo ut credam, credo ut intelligam”.

El Concilio Vaticano II asumió la problemática; pero, no siendo un cuerpo académico en sentido estricto (recuérdese que la finalidad del Concilio, como reunión de los Pastores de la Iglesia era, sobre todo, de índole “pastoral”), no entró en todas las disquisiciones y matices, y buscó, mejor, una salida de síntesis y “de centro”, si es posible caracterizarla así en relación a este punto. He aquí sus principales pronunciamientos sobre la teología[45]:

En primer lugar, los textos conciliares nos dicen que la teología

“se apoya, como en cimiento perdurable, en la Escritura unida a la Tradición; así se mantiene firme y recobra su juventud, penetrando a la luz de la fe la verdad escondida en el misterio de Cristo... La Escritura debe ser el alma de la teología”[46].

Son varias afirmaciones juntas. Ante todo, se considera que la teología – y los teólogos – no obran como rueda suelta al interior de la comunidad. Más aún, la teología católica se diferencia precisamente de otras formas teológicas por situarse sobre un doble eje, el de la Escritura y el de la Tradición. Es su vinculación con estos dos ejes la que mantiene a la teología “firme” y “joven”, y la que le permite “penetrar la verdad del misterio de Cristo”. Ese es su objetivo final. A la fe, como condición para que el teólogo haga teología, se refiere este numeral citado. Pero también otro numeral, que se refiere a la docencia teológica, dice que

“las disciplinas teológicas han de enseñarse, a la luz de la fe, bajo la dirección del Magisterio de la Iglesia”[47].

Como quien dice, no sólo el que investiga en teología, sino quien la enseña, así como quien la aprende, están ante una experiencia[48] que sólo se puede comprender, narrar, percibir, transmitir, aprender, vivir... en la fe. La fe divina es, pues, una experiencia sui generis en el ser humano, pero no reductible a, ni explicable por, las razones especulativas, como afirmó el CONCILIO VATICANO I:

“Mediante la razón natural, el hombre puede conocer a Dios con certeza a partir de sus obras. Pero existe otro orden de conocimiento que el hombre no puede de ningún modo alcanzar por sus propias fuerzas, el de la Revelación divina”[49].  

De ello, pues ha de ser testigo y ejercitante el teólogo. Más aún, a los teólogos “en los seminarios y universidades” los invitan los padres conciliares a

“empeñarse en colaborar con los hombres versados en otras materias, poniendo en común sus energías y puntos de vista. La investigación teológica siga profundizando en la verdad revelada sin perder contacto con su tiempo, a fin de facilitar a los hombres cultos en los diversos ramos del saber un más pleno conocimiento de la fe... Más aún, es de desear que numerosos laicos reciban una buena formación en las ciencias sagradas, y que no pocos de ellos se dediquen ex professo a estos estudios y profundicen en ellos. Pero, para que puedan llevar a buen término su tarea, debe reconocerse a los fieles, clérigos o laicos, la justa libertad de investigación, de pensamiento y de hacer conocer humilde y valerosamente su manera de ver en los campos que son de su competencia”[50].

Al teólogo, pues, le obliga la materia misma de su especialidad, a ser persona de diálogo, de apertura a todos los ámbitos del conocimiento, a mantener con las personas especialistas en dichos ámbitos una acción sinérgica y proactiva, como se dice hoy en día, de modo que se beneficien los individuos, comunidades y pueblos. Y a la teología la denomina este texto scientia, “ciencia sagrada”, como lo hace también el párrafo que señalo a continuación.

Ahora bien, en razón de su misma etimología (teo-logía), el Concilio, al señalar que a los teólogos les corresponde no sólo profundizar en los contenidos de la fe sino buscar la mejor forma de penetrarlos y de comunicarlos a las personas de cada época, declara:

“(Las dificultades para compaginar la cultura con la educación cristiana). Estas dificultades no dañan necesariamente a la vida de fe; por el contrario, pueden estimular la mente a una más cuidadosa y profunda inteligencia de aquélla. Puesto que los más recientes estudios y los nuevos hallazgos de las ciencias, de la historia y de la filosofía suscitan problemas nuevos que traen consigo consecuencias prácticas e incluso reclaman nuevas investigaciones teológicas.  Por otra parte, los teólogos, guardando los métodos y las exigencias propias de la ciencia sagrada, están invitados a buscar siempre un modo más apropiado de comunicar la doctrina a los hombres de su época; porque una cosa es el depósito mismo de la fe, o sea sus verdades, y otra cosa es el modo de formularlas, conservando el mismo sentido y el mismo significado. Hay que reconocer y emplear suficientemente en el trabajo pastoral no sólo los principios teológicos, sino también los descubrimientos de las ciencias profanas, sobre todo en psicología y sociología, llevando así a los fieles a una más pura y madura vida de fe”[51].


Teo-logía, “ciencia sagrada”, pues, pero en el orden del conocimiento “de la fe”. Empleo, por lo tanto, analógico del concepto, usado en paralelo para describir las maneras de obrar similares y al mismo tiempo, diferentes que ocurren entre la teología y las demás ciencias. Pero, sobre todo, por sus métodos y exigencias propias al acercarse al depósito, a las verdades, de la fe. Surgen, pues, unas condiciones propias y específicas de este orden de la fe en lo concerniente a la investigación y a la docencia-discencia; pero tan humanas, como las otras, aunque distintas de ellas; y esto, precisamente, porque se trata de la órbita de la fe, don de Dios. En la antigüedad ya se percibía esta distinción[52]. Hoy, a muchos, ¡aparece como una contradicción!

Reflexionando y actualizando estas problemáticas, la citada Encíclica Fides et ratio del Santo Padre JUAN PABLO II dio un paso adelante, sobre todo, cuando, en nuestra época, tanto se ha insistido en la crisis de la racionalidad, en la desconfianza de la razón, sobre todo comprendida bajo determinados parámetros, y reconocida bajo ciertos nocivos efectos. Porque muy diversa fue ya la manera de obrar del doctor angélico y patrono de los teólogos, como indicaba el Papa[53].

Aquí quiero presentar sencillamente una propuesta contemporánea de respuesta que permita explicar en qué sentido entiendo, en una posición que comparten también otros autores, lo que es la teología comprendida como disciplina, pero también, lo que pueden ser los otros saberes que tengan pretensión de ser reconocidos como ciencias:

“El estatuto epistemológico de una disciplina viene dado por la actitud rigurosa de quienes la cultivan... Una disciplina es un saber capaz de identificarse a sí mismo y legitimarse en medio de un conjunto amplio de saberes... Además de su objeto, una disciplina también debe conocer su intencionalidad y su finalidad... (que son) características... interdependientes. En el mundo la teología se hace teología vivida y teología comunicada a partir de la experiencia y la comunicación de la religión, que comprende un espacio más amplio. La teología nace de la fe, al amparo de una tradición religiosa concreta, del estudio empírico de las tradiciones religiosas o de una antropología filosófica con características particulares. La teología que surgió como disciplina al interior de la tradición cristiana está marcada de cierta manera por esta tradición. Por esta razón, la teología de la Iglesia Católica ha pasado procesualmente del desconocimiento y rechazo de otras tradiciones religiosas a la búsqueda de elementos comunes y de mutuo reconocimiento”.[54]

Esta cita me permite extender la situación al caso de las ciencias. La posibilidad del actuar riguroso – “comprenden la razón íntima de las cosas”, en palabras del Concilio arriba citadas – en el cultivo de aquel saber que conocemos y profundizamos al interior de una tradición religiosa, es, precisamente el horizonte humano en el que se puede considerar no sólo legítima sino benéfica la relación entre ciencias y teología[55].

Ya refiriéndose a la relación entre “la sabiduría y las ciencias” decía Edouard BONÉ, S. J.:

“En un primer acercamiento, digamos que la primera, la ciencia, sugiere espontáneamente la mirada curiosa de la inteligencia racional: observación fría, reducción objetivante, análisis riguroso, sistema de hipótesis, formulación de teorías y su experimentación. La sabiduría evoca más bien la inteligencia práctica, requiere una visión del mundo mucho más globalizante, incluso holística; examina, aprecia, evalúa, calibra y juzga, más que constatar o experimentar sobriamente. El conocimiento científico prefiere el diagrama, se expresa naturalmente a través de curvas, cifras, derivadas y conjuntos de ecuaciones, es decir, todo aquello en cuyo lugar, la sabiduría se contenta a menudo con un aforismo, con un adagio y recuerda con una máxima. El conocimiento científico recurre a la experimentación de laboratorio; la sabiduría cuestiona una experiencia de vida, personal o social, pero en donde los valores humanos por lo general no están ausentes y hay que interpretar. Las ciencias y su aplicación tecnológica facilitan claramente un dominio gradual de la naturaleza, de la materia y del hombre mismo; la sabiduría nos garantizaría el dominio del dominio”[56].

Pero, ¿es conveniente relacionar las ideologías, con sus posibilidades de manipulación, con la sabiduría, la fe y la teología? ¿Qué claridad puede aportar esta discusión a nuestro planteamiento introductorio y a la fijación de nuestro marco de referencia?

Debo observar ante todo que cuando son relacionadas estas realidades no se está tratando con entidades homogéneas, y ello dificulta su relación. En efecto, la fe es una experiencia radical original y propia, irreductible a cualquier otra. Por medio de ella uno adhiere de una manera personal e insustituible a Dios como el sentido último y la significación que abarca todos los otros sentidos y significaciones, cuya manifestación se fue revelando a los seres humanos de múltiples formas a través de los tiempos y muy rotundamente en la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.

La fe, pues, tiene la estructura de un encuentro con el Absoluto y se expresa en la conversión, en la celebración y en el comportamiento ético específico y consecuente. La fe dice siempre referencia a lo Absoluto, a lo último y definitivamente importante, en cuya comparación todo lo demás es relativo: los intereses, las visiones del mundo, las ideologías, las culturas. Por eso afirmo con Gustavo BAENA, S. J., que la fe desmitifica y desenmascara.

La teología, por su parte – y en ella el Magisterio de la Iglesia –, se constituye como esfuerzo y penetración racional de la experiencia y de los contenidos de la fe[57]. La teología es la fe pensante y pensada, crítica y sistemática; es la fe que procura comprender de una manera reflexiva.

Ahora bien, el objeto de estudio de la teología no es solamente Dios en cuanto accesible a la razón o en cuanto revelado: como lo explicaba S. Tomás de Aquino, lo son también todos los seres, toda la realidad, en cuanto pueden ser vistos a la luz de Dios. Y esto quiere decir, el mundo de la ciencia, de la política, de la economía, de lo social, de las culturas..., con tal que ese discurso se haga “teológicamente”, es decir, a la luz, precisamente, de Dios. Es esto lo que hace específico al discurso teológico y lo que le confiere su unidad[58].

La teología, por otra parte, sin embargo, se construye como saber histórico. El teólogo, en efecto, no existe desarraigado de los condicionamientos materiales y espirituales de la comunidad en que vive: es verdad que argumenta a partir de la Sagrada Escritura, de la Tradición y del mismo Magisterio, y del sensus fidei fidelium, y de la razón teológica, en lo cual posee su espacio de autonomía y especificidad. Pero la selección de los temas que estudia, la forma y el énfasis como lo hace, los destinatarios y el lenguaje que emplea dependen en alto grado de su inserción en la sociedad y de sus opciones mismas de vida. Y de ello ha de ser siempre consciente el teólogo, pues tales condiciones pertenecen también a la realidad de su proceso de reflexión. Y es aquí, precisamente, donde, creo, se articulan ideología, sabiduría y teología.

En efecto, según he dicho, la teología debe ser una reflexión crítica y, al mismo tiempo, sistemática. En razón de ello está más cercana a la ciencia que a la ideología en el sentido en que la he descrito (cf. p. 56s). Con todo, el teólogo debe reconocerse como otro actor social que participa en las tendencias y en las posiciones que coexisten y que luchan en la sociedad. De la misma forma, como se ha visto, no existe una ciencia absolutamente exenta de ideología, por eso la teología también recibe un influjo ideológico. Similarmente ocurre con la sabiduría. Pero lo mismo no ocurre con la fe; de ahí que las diversas teologías deban dejarse juzgar por la Palabra de Dios, que no es ideología sino Revelación divina: por el Jesús de la historia y Cristo de la fe.

Así, una teología se hace ideológica y menos que elemental sabiduría, y se compromete con otra cosa diferente de la fe cuando, por ejemplo, oculta situaciones de pecado, al legitimar situaciones sociales que marginan y excluyen, o al promover un desarrollo desigual basándose en la injusticia[59].

De igual manera, se torna “ideológica” cuando se pretende erradicar la relación “esencial y constitutiva de la libertad humana con la verdad”[60], así como al eludir o al impedir la búsqueda de la verdad, dado que la verdadera libertad es en el hombre “signo eminente de la imagen divina” (GS 17). En consecuencia, tal vinculación del hombre con la verdad de lo que él es y está llamado a ser implica a su conciencia moral y a cómo ella se aplica a todas las situaciones, a todas las condiciones de vida y a todos los ámbitos que abarca su actuar moral.

Dentro de este contexto valga la pena mencionar que todas las áreas teológicas no están exentas de los peligros que se manifiestan en algunas corrientes de pensamiento más o menos extendidas en nuestro tiempo, imbuidas de tradiciones, unas antiguas y otras más recientes[61], y que especialmente a tales áreas incumbe que deban ser discernidas adecuadamente dichas influencias, por sus consecuencias, y éstas no sólo en problemáticas relativas a la moral familiar y sexual, y a la bioética.  Y así, aunque afirmarlo no agradara a muchos, tales corrientes evitan y omiten tener en cuenta, por ejemplo, la “ideología neoliberal” en sus formas despiadadas a las que hice referencia (p. 52), o sea, las formas de tendencia totalitaria, como la VS 101 afirma:

“Existe hoy un riesgo no menos grave (que el del marxismo) debido a la negación de los derechos fundamentales de la persona humana...: es el riesgo de la alianza entre democracia y relativismo ético”.

De todo ello debe ser, pues, muy consciente el teólogo. Y, sin duda, en nuestro caso, el teólogo que se dedica a la teología del derecho canónico. La normativa de la Iglesia, efectivamente, en la manera sintética que tiene de proceder, refleja los anteriores principios. Hago sólo dos menciones. En primer término, cuando expresa la conciencia eclesial que existe en relación con la verdad, cuando el CIC destaca permanentemente la relación de la persona humana con la verdad, es decir, cuando evidencia las características antropológicas de la verdad y de ello elabora desarrollos y aplicaciones de las mismas, como tendré ocasión de considerar ampliamente en esta comunicación. Es el caso, para dar un ejemplo, del Título IV “de crimine falsi”, en la Parte II del Libro VI sobre las sanciones en la Iglesia. En segundo término, cuando, entre otras razones, señala taxativamente que es en relación con el misterio del pecado por lo que “la Iglesia juzga con derecho propio y exclusivo” las acciones humanas: “[…] 2°) la violación de las leyes eclesiásticas y todo aquello que contenga razón de pecado, por lo que se refiere a la determinación de la culpa y a la imposición de penas eclesiásticas” (c. 1401).

Recapitulo, finalmente, el trabajo efectuado en esta sección. A la pregunta que me hacía al comienzo, acerca de si tienen sobre qué sentarse a dialogar, hoy en día, las ciencias y la “ciencia” de la fe, puedo afirmar, por las tres argumentaciones expuestas, no sólo que hay que responder que sí, sino que son muchos los puntos en los que el interés de unas y otra podría coincidir. Debe hacerse, como decía en el primer aparte, porque ya no es el momento para seguir enfrentando estos u otros saberes, así deba mantener cada uno de ellos sus peculiaridades propias; por el contrario, de lo que se ha de tratar es de aglutinar sus fuerzas y dinamismos con el único propósito de servir a la humanidad en cada uno de sus miembros, presentes y futuros. Desde el punto de vista metodológico, el aporte específico del repaso histórico ha consistido, precisamente, en la necesidad de establecer y mantener esta interrelación de saberes, de la cual se han beneficiado desde hace mucho tiempo la canonística y la praxis canónica, y muy especialmente, en los últimos tiempos; en los nuestros, también la teología del derecho canónico puede y debe hacer un uso provechoso de cuanto las disciplinas científicas logran con sus avances. Pero habría de suceder también, en reciprocidad, viceversa; y, más aún, como dice el Concilio, “en todos los campos del saber”.

En relación con el segundo aparte, se hace cada vez más necesario el trabajo realizado en común por parte de los teólogos y canonistas. Cada día se hace más notoria la conciencia de los propios límites, no sólo para un investigador en particular, ni aún siquiera para un grupo de ellos, sino para toda una comunidad científica. Esta conciencia permitirá mantener los ojos atentos y los oídos despiertos en los diversos contextos y en los cambios de época a cuanto pudiera inducir a confundir el trigo con la cizaña (cf. Mt 13,24-30).

En relación con el tercer aparte de esta sección habría que decir lo mismo acerca de la vinculación “esencial y constitutiva de la libertad humana con la verdad”, de la que las ciencias – no exenta la teología – habrían de ser en todo momento su más excelente y noble expresión, y a la que todas ellas deberían coadyuvar a alcanzar incansablemente y cada día más ampliamente. Una verdad que abarca, por tanto, desde las raíces religiosas y ontológicas del ser humano, y no sólo los aspectos epistemológicos del mismo, ni aún siquiera los éticos.

El problema de las relaciones entre Cristología y Moral, así como el de las relaciones entre Cristología y Derecho canónico, son afectados directamente por las condiciones y reflexiones anteriormente expuestas, por supuesto. Como se verá, en nuestra propuesta existe no una proximidad cualquiera, sino una vinculación vital entre Cristología y Moral, así como entre Moral y Derecho canónico, al menos en algunas de sus normas. El seguimiento de Jesucristo, es para una y otro, la norma máxima y la motivación fundamental para el actuar cristiano.


Notas de pie de página




[1] REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Diccionario de la lengua española Rotopapel 200121 ed., t. 3, 372. http://buscon.rae.es/draeI/html/cabecera.htm
[2] TREVIJANO ETCHEVERRÍA, Manuel: Fe y ciencia. Antropología Sígueme Salamanca 1997 73; cf. íd.: En torno a la ciencia Tecnos Madrid 1994 64.
[3] El P. Gustavo BAENA, S. J., ha hecho una reflexión sobre la “virtud”, y, en especial sobre la virtud de la “esperanza” y ha propuesto replantear algunos de los elementos que la han definido tradicionalmente.  Sin renunciar a los aspectos afirmativos que arrancan desde los estoicos en relación con las virtudes, el autor afirma que no sólo se trata de una “virtud autónoma”, puesto que “dejaría muy opaca su propia realidad” si a ella se la redujera, al menos como “esperanza cristiana”. Pues en la “revelación bíblica” es mucho más: la esperanza no es sólo frecuente sino característica del Antiguo Testamento, especialmente en la literatura exílica y postexílica; pero en el Nuevo Testamento es definitiva: Rm 15,4; 5,3s; Ga 5,5; 1 Ts 1,3-5; etc. La esperanza, así como la fe y la caridad, no son virtudes aisladas, entonces, sino que cada una de ellas, “esencialmente, está implicada en un todo, que es propiamente la justicia de Dios”, entendida como aquellos “espacios comunitarios en los que sucede la salvación por medio del Evangelio”. En: “La esperanza en la vida cristiana. Dimensión bíblica”, en: ThX 154 2005 209-226.
[4] En el sentido más amplio de “fundamento o puntos capitales de todo sistema, ciencia, doctrina o religión” (DRAL). No todas las expresiones religiosas poseen una autoridad definitoria acerca de los que se deben considerar como contenidos vinculantes para sus miembros, y que se deban sostener invariados e invariables a través de los tiempos. Entre las religiones que profesan la fe en un único Dios, el cristianismo ha sostenido y sostiene algunos asuntos o verdades como “de rebus fidei et morum”, es decir, como pertenecientes a “la fe y a las costumbres”, con diversos grados de exigencia, solemnidad y obligatoriedad; tal es el caso, dentro del catolicismo, del c. 750 § 1 del CIC en donde se determina exactamente qué ha de ser considerado como “de fe divina y católica” en razón de que la comunidad, bajo la guía de sus pastores, lo reconoce como revelado por Dios – en Jesucristo – y, por eso mismo, digno de ser custodiado sin intermisión ni alteración en su sustancia.
[5] No se puede perder de vista que el fenómeno ha tenido lugar sobre todo en Occidente, en el que se ocurrieron los fenómenos del Renacimiento y de la Ilustración; en el siglo XIX, la separación neta de la filosofía, las ciencias y la religión, hasta su antagonismo. Para otras culturas – como la China y la India en las que, según autores, más que de religiones habría que hablar de filosofías o de “espiritualidades”, y sobre todo para el Islam – sus relaciones con la ciencia no se presentaron, en general, bajo el prisma del antagonismo con la religión.
En efecto, en el siglo IX el califa Abdullah al-Mamun fundó una academia en Bagdad para el estudio de materias seculares y para la traducción de los textos científicos y filosóficos griegos. En el siglo X, en El Cairo, los califas de la dinastía Fatimí establecieron también una institución dedicada a la enseñanza secular, la Universidad al-Azhar, que sigue siendo uno de los centros más importantes de enseñanza del mundo islámico. Es habitual que gobernantes y musulmanes acomodados destinen fondos a estas investigaciones. Los eruditos islámicos medievales hicieron importantes aportaciones a la filosofía, la medicina, la astronomía, las matemáticas y las ciencias naturales. De hecho, desde el siglo IX hasta el siglo XIII la comunidad islámica fue la civilización más fértil del mundo en el ámbito de la cultura. Es muy de destacar el papel que los musulmanes de Al-Andalus desempeñaron en la Edad Media como transmisores de la ciencia y cultura clásicas y como creadores de aportaciones importantes en todos los campos del saber humano. Al-Andalus fue en esos días el centro cultural más notable de todo el orbe civilizado y desde aquí irradió la cultura al resto de Europa. Para esta nota he empleado el material de "Islam", "Sharia", "Hadit," Enciclopedia Microsoft® Encarta® Online 2007
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Para esta breve presentación emplearé materiales tomados de la obra de Pierre BIGÓ – Fernando BASTOS DE AVILA – DEPARTAMENTO DE ACCIÓN SOCIAL DEL CELAM: Fe cristiana y compromiso social. Elementos para una reflexión sobre América Latina a la luz de la doctrina social de la Iglesia Secretariado Nacional de Pastoral Social Bogotá 19832a  142ss. Tengo también en cuenta los aportes de una conferencia a los profesores de Teología en 1999 por parte del profesor Rafael TORRADO, del Departamento de Filosofía de nuestra Pontificia Universidad, y del trabajo de grado, sobre el que volveremos adelante, de Sergio L. Jaramillo Gómez.
[6] Cf. Ian G. BARBOUR: Religión y ciencia Trotta Madrid 2004; Lucio FLORIO: “Las ciencias naturales en la elaboración de la teología”, en Revista Teología 44/94 dic 2007 551-578.
Una valoración sobre la Modernidad, su impacto en las relaciones fe-ciencia, y acerca de cómo el fenómeno cultural ha tenido influjo en los Países del Tercer Mundo, se puede ver en estos artículos: Claude GEFRÉ – Jean-Pierre JOSSUA: “Por una interpretación teológica de la modernidad”, en Con 244/6 1992 915-919; Emile POULAT: “Catolicismo y modernidad: un proceso de exclusión mutua”, ibíd., 935-942; Anne FORTIN-MELKEVIK: “La exclusión recíproca de la modernidad y de la religión en algunos pensadores contemporáneos: Jürgen Habermas y Marcel Gauchet”, ibíd., 995-1007; Juan Carlos SCANNONE: “El debate sobre la modernidad en el mundo noratlántico y en el Tercer mundo”, ibíd., 1023-1033.
[7] Ian G. BARBOUR: Religión y ciencia, o. c. nt. 91, 19ss.
[8] Sobre este punto, y para tener una visión de conjunto, pueden verse entre muchísimos otros: Hernando BARRAGÁN: Epistemología  Edc USTA-CED 1977; Francisco SIERRA GUTIÉRREZ: Transformaciones epistemológicas  Pontificia Universidad Javeriana Bogotá 1998, 2003; id.: El realismo critico de B. J. F. Lonergan (Tesis PUJ Bogotá 1980): El sentido y el realismo critico en B. J. F. Lonergan Pontificia Universidad Javeriana Bogotá 1980.
[9] GS 19-22.
[10] Entre algunos de los más conocidos: Rafael BELDA: “La Iglesia frente al ateísmo moderno” en AA.VV.: Estudios sobre la Constitución Gaudium et Spes Bilbao 1967 45-59; G. MARTELET: “La condenación de las destrucciones” en ibíd.: Las ideas fundamentales del Vaticano II Barcelona 1968 188-199 y “El mantenimiento en el mundo de la misión específica de la Iglesia”, ibíd. 199-206; y, especialmente: Karl RAHNER - Joseph KÖNIG: Secularización y ateísmo Paulinas Madrid 1969.
[11] Ya John William DRAPER (1811-1882) en su libro más famoso, History of the Conflict between Religion and Science (Historia del conflicto entre la religión y la ciencia, 1874) se había manifestado contra la persecución de los científicos por motivos religiosos.
Concuerdo, sin embargo, con la siguiente observación: “«¿Por qué tantos intelectuales católicos ven cualquier referencia a las raíces cristianas de la civilización europea contemporánea como una amenaza a los derechos humanos y a la democracia?», se preguntó George Weigel, autor del bestseller internacional Biografía de Juan Pablo II - Testigo de esperanza, así como de otros libros como El coraje de ser católico (Planeta), y profesor invitado por la Facultad de Filosofía de la Universidad Gregoriana, en diciembre de 2004”. Cf. ZENIT.org del 12 de diciembre de 2004, en: http://www.zenit.org/article-14323?l=spanish .
[12] Téngase esto presente también para comprender el ambiente en que vivió Jesús de Nazaret y en el que vivieron las primeras generaciones de cristianos y fueron compuestos los Evangelios y demás Escritos del Nuevo Testamento.
[13] Me refiero, especialmente, a San Ireneo de Lyón (c. a. 130-203), quien reúne en su persona las tradiciones de Oriente y Occidente; luego, en Oriente, a Clemente Alejandrino (c.a. 160 - c. a. 215), a Orígenes (185-255), y a San Gregorio el Taumaturgo (c.a. 213 – c.a. 270); en la Iglesia de Roma, a Minucio Félix (c.a. 150 – c.a. 200) y a San Hipólito (c. a. 215 – c.a. 258); finalmente, entorno a Cartago, en el norte de África, a Tertuliano (c.a. 160 - c.a. 220), a San Cipriano (c.a. 200 – 258) y a Lactancio (c.a. 250 – c.a. 325). Josep VIVES en su obra Los Padres de la Iglesia Herder Barcelona 1982 señala que “la apologética representa el primer intento de verter el cristianismo a las categorías y modos de pensar propios del mundo helenístico. En este intento de adaptar el cristianismo a la mentalidad grecorromana, se subrayan más aquellos aspectos que podían más fácilmente ser comprendidos dentro de aquella mentalidad: la bondad de Dios, manifestada en el orden del universo, que era ya un tema predilecto de la filosofía helenística; su unicidad probada con argumentos en los que se combinan elementos de la tradición bíblica con otros provenientes de la filosofía de la época; la excelencia moral de la vida cristiana como coincidente con el antiguo ideal de la "vida filosófica", basada en la moderación de las pasiones y en la sumisión a los dictámenes de la recta razón; la esperanza de una inmortalidad vagamente presentada como la verdadera realidad que prometían los misterios del paganismo. En cambio, el misterio de la salvación por Cristo crucificado y resucitado, que los paganos más difícilmente podían comprender, queda un tanto como en segundo plano o como en tono menor”.
[14]No extingáis el Espíritu... examinadlo todo y quedaos con lo bueno” (1 Ts 5, 19.21).
[15] CONC. VAT. II: Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo modernoGS - Primera parte, capítulo 4°, 44.
[16] El texto que mencionamos, con motivo del Año Jubilar 2000-2001, en la parte aludida dice: “3. Este primer domingo de Cuaresma me ha parecido la ocasión propicia para que la Iglesia, reunida espiritualmente en torno al Sucesor de Pedro, implore el perdón divino por las culpas de todos los creyentes. ¡Perdonemos y pidamos perdón! Esta exhortación ha suscitado en la comunidad eclesial una profunda y provechosa reflexión, que ha llevado a la publicación, en días pasados, de un documento de la Comisión teológica internacional, titulado: ‘Memoria y reconciliación: la Iglesia y las culpas del pasado’. Doy las gracias a todos los que han contribuido a la elaboración de este texto. Es muy útil para una comprensión y aplicación correctas de la auténtica petición de perdón, fundada en la responsabilidad objetiva que une a los cristianos, en cuanto miembros del Cuerpo místico, y que impulsa a los fieles de hoy a reconocer, además de sus culpas propias, las de los cristianos de ayer, a la luz de un cuidadoso discernimiento histórico y teológico. En efecto, ‘por el vínculo que une a unos y otros en el Cuerpo místico, y aun sin tener responsabilidad personal ni eludir el juicio de Dios, el  único que conoce los corazones, somos portadores del peso de los errores y de las culpas de quienes nos han precedido’ (Incarnationis mysterium, 11). Reconocer las desviaciones del pasado sirve para despertar nuestra conciencia ante los compromisos del presente, abriendo a cada uno el camino de la conversión.
4. ¡Perdonemos y pidamos perdón! A la vez que alabamos a Dios, que, en su amor misericordioso, ha suscitado en la Iglesia una cosecha maravillosa de santidad, de celo misionero y de entrega total a Cristo y al prójimo, no podemos menos de reconocer las infidelidades al Evangelio que han cometido algunos de nuestros hermanos, especialmente durante el segundo milenio. Pidamos perdón por las divisiones que han surgido entre los cristianos, por el uso de la violencia que algunos de ellos hicieron al servicio de la verdad, y por las actitudes de desconfianza y hostilidad adoptadas a veces con respecto a los seguidores de otras religiones”. En: http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/homilies/2000/documents/hf_jp-ii_hom_20000312_pardon_sp.html
[17] COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL: Memoria y reconciliación. La iglesia y las culpas del pasado Capítulo V. Discernimiento ético (loc. cit.).
[18] Hans-Georg GADAMER nació en Marburgo (Alemania) en 1900, se educó en Wroclaw (Polonia) y falleció en Heildelberg en 2002. Estudió Filosofía, Filología Clásica, Historia del Arte, Literatura y Teología en las universidades de Breslau, Múnich, Friburgo y Marburgo, y se doctoró a la edad de 22 años. Señalan sus comentaristas que gracias a él se ha alcanzado “una de las síntesis más interesantes con un aporte que no sólo recurre ofrecer una técnica de abordar el trabajo intelectual interpretativo del lenguaje escrito, sino como una verdadera gnoseología pedagógica que permite entender al hombre en su totalidad, por medio de la experiencia del lenguaje y la interpretación como inherente a la persona.” Gerardo Luís LUGO RENGIFO: Esbozos sobre la hermenéutica de Gadamer, en (consulta noviembre 2005): http://www.monografias.com/trabajos11/gadamer/gadamer.shtml.
[19] Organizador y director de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada por treinta y tres años. Una nota sobre su aporte a la inserción de nuestra tierra en el movimiento científico de su época puede verse en el art. de Mauricio NIETO OLARTE: “Ciencia imperial y ciencia criolla. Reflexiones sobre la ciencia y la política en el período de la independencia en el Nuevo Reino de Granada”, en Revista Javeriana 761/146 ene-feb 2010 50-56.
[20] El “padre de la ecología en Colombia”, como lo ha llamado Santiago MUTÍS DURÁN, en: “Enrique Pérez Arbeláez, Padre de la ecología en Colombia”, en  Revista Credencial Historia Mayo 1999 n.113.
[21] Actualmente es la única Academia de las Ciencias con carácter supranacional existente en el mundo. Tiene como fin: honrar la ciencia pura dondequiera que se encuentre; asegurar su libertad y favorecer las investigaciones, que constituyen la base indispensable para el progreso de las ciencias. Forman parte de ella 80 Académicos de nombramiento pontificio, propuestos por el Cuerpo Académico y elegidos sin discriminación de ningún tipo entre los más insignes cultivadores de ciencias matemáticas y experimentales de cada país. Volveremos en nuestra conclusión final sobre este asunto en particular.
[22] La Pontificia Academia de Ciencias Sociales fue fundada por Juan Pablo II el 1 de enero de 1994, con el m. p. "Socialum Scientiarum". Su objetivo, dice el artículo nº 1 de su estatuto, es "promover el estudio y el progreso de las ciencias sociales, económicas, políticas y jurídicas a la luz de la doctrina social de la Iglesia". La Academia es autónoma y al mismo tiempo mantiene una estrecha relación con el Pontificio Consejo "Justicia y Paz", con el que coordina la programación de las diferentes iniciativas. El número de sus Académicos Pontificios, también nombrados por el Papa, no puede ser ni inferior a 20 ni superior a 40. Actualmente son 31 y proceden de 24 países de todo el mundo, sin distinción de confesión religiosa. Son elegidos por su alto nivel de competencia en alguna de las diversas disciplinas sociales.
[23] Con el M. p. "Vitae Mysterium" del 11 de febrero de 1994, Juan Pablo II instituyó la Pontificia Academia para la Vida. Sus objetivos son: estudiar, informar y formar sobre los principales problemas de biomedicina y de derecho, relativos a la promoción y a la defensa de la vida, sobre todo en la relación directa que éstos tienen con la moral cristiana y las directivas del Magisterio de la Iglesia. Para realizar estos fines, en octubre de 1994 se instituyó la fundación "Vitae Mysterium".
La Academia para la Vida tiene autonomía propia, y mantiene relaciones con el Pontificio Consejo para la Pastoral de los Agentes Sanitarios y con varios Dicasterios de la Curia Romana empeñados en el servicio a la vida. Pertenecen a la Academia 70 Miembros -nombrados por el Papa-, que representan las distintas ramas de las ciencias biomédicas y aquellas que están estrechamente relacionadas con los problemas concernientes a la promoción y defensa de la vida. También hay 3 Miembros "ad honorem" y Miembros por correspondencia que trabajan en Institutos y centros de estudio sobre la cultura de la vida.
[24] Bajo el título “Reparos a cambios en programas nacionales de ciencia y tecnología”, UNPeriódico, publicación de la Universidad Nacional de Colombia, 10 de Abril de 2005, n° 73, p. 8, expresa los “reparos” que el rector de la Universidad por ese entonces, Dr. Marco Palacios, “interpretando a la comunidad de investigadores del país”, expuso a Colciencias cuando esta Institución estatal planteó “reestructurar los Programas Nacionales de Ciencia y Tecnología”. “La iniciativa – dice el artículo en mención –, consistente en reemplazar las actuales áreas: energía y minería, educación, industria, ciencias sociales, medio ambiente, ciencias básicas, ciencias agropecuarias, ciencias del mar, ciencias de la salud y biotecnología, por un conjunto de nuevas áreas de ciencia y tecnología e innovación: de la materia y la energía; de la vida; del ser humano y su entorno; de sociedad, cultura e instituciones; para la competitividad empresarial; de la gestión del conocimiento, información y nuevas tecnologías”. Y prosigue aduciendo las razones que tiene para señalar que esta novedad no tiene claridad: “No es evidente. Es una conformación de áreas que no corresponde a líneas de pensamiento o disciplinas que han funcionado por muchos años, sino por el contrario, bajo el discurso de la transdisciplinariedad se eliminan dichas disciplinas... Es una creación artificial que no responde a un diagnóstico, sino que es tan sólo el resultado de un ejercicio intelectual novedoso”.
[25] También la Iglesia ha recogido una clasificación: las “ciencias empíricas”, las “artes técnicas”, las “artes liberales”. En GS 15 a.
[26] Es éste, precisamente, el campo que pretende expresar institucionalmente el Servicio de Formación Teológica como acción resuelta que desarrolla la política y objetivo de la "interdisciplinariedad científica" del Proyecto Educativo de la PUJ.
[27] CONC. VAT. II: GS, Primera parte, capítulo 4°, 44.
[28] CONC. VAT. II: GS 36 (El texto incluye una nota sobre un texto de Mons. Pio Paschini: Vita e opere di Galileo Galilei. Recuérdese lo dicho anteriormente). El año 2009 fue dedicado a evocar la figura del ilustre académico, con ocasión del Año Internacional de la Física y de las observaciones estelares.
[29] Para emplear la expresión de René DESCARTES en su Discours de la méthode pour bien conduire la raison et chercher la vérité dans les sciènces (1637). Volveremos a citarlo oportunamente.
Después de tantos años, vuelvo a encontrarne con quien fuera más que mi profesor el introductor al pensar filosófico, el nunca olvidado Daniel HERRERA RESTREPO, ahora re-leyendo su vida, su pensar, su “duda”, el dudar: “Reflexión fenomenológica sobre la fe”, en Reflexiones teológicas 5 enero-agosto 2010 215-228.  
[30] En la famosa Encyclopédie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers, par une Société de Gens de lettres publicada bajo la dirección de Denis Diderot y Jean Le Rond d'Alembert entre 1751 y 1772 se encontraba esta definición. Cf. Pierre BIGÓ – Fernando BASTOS DE AVILA – DEPARTAMENTO DE ACCIÓN SOCIAL DEL CELAM: Fe cristiana y compromiso social. Elementos para una reflexión sobre América Latina a la luz de la doctrina social de la Iglesia Secretariado Nacional de Pastoral Social Bogotá 19832a  142ss. Un debate sobre el tema, también propuesto desde América Latina, se puede encontrar en el cap. VI “Doctrina social de la Iglesia, identidad teológica y social” del Primer Congreso Latinoamericano de Doctrina Social de la Iglesia (Santiago de Chile, 14 a 19 de octubre de 1991): CONSEJO EPISCOPAL LATINOAMERICANO: Doctrina social de la Iglesia en América Latina, CELAM Bogotá 1993 2ª 695-845, con todas sus ponencias, comentarios, grupos de trabajo y conclusiones.
[31]Conocimiento e interés”, lección inaugural de su cátedra en Fráncfort del año 1965, en (consulta octubre 2007): http://usuarios.lycos.es/Cantemar/Habermas.html El texto completo puede verse en: Conocimiento e interés Universidad de Valencia Valencia 1997 3a. Cf. MARDONES, José María: Filosofía de las ciencias humanas y sociales materiales para una fundamentación científica Anthropos Barcelona 2001 47ss. Sobre el pensamiento “complejo” que no quiere perder de vista la “totalidad” del sistema ni la “singularidad” que la constituye, y las implicaciones de esta mirada en relación con el método y los métodos, cf. Edgar MORIN: El método Cátedra Madrid 1977 6ª reimp. 2006 v. 1, “La naturaleza de la naturaleza”, 103ss; íd.: Ciencia con consciencia Anthropos Barcelona 1984 47ss. Volveremos sobre el asunto en el siguiente capítulo al tratar de la interdisciplinariedad.
[32] Parece ser que se remonta a su formación heideggeriana.
[33] 14 de septiembre de 1998, en: http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio_sp.html. Volveremos más adelante, de nuevo, sobre ella. En el contexto hemos trabajado el tema de la “razonabilidad” y de “lo razonable”: pueden verse sobre el mismo, como propuesta de “método” y como criterio de praxis administrativa, respectivamente, de Chiara MINELLI: “Razonabilitas. I fondamenti dell’esperienza giuridica. Lineamenti di ricerca”, en Juan Ignacio ARRIETA (A cura di) – Costantino-M. FABRIS (Coordinatore edizione): Ius divinum Marcianum Press Venezia 2010 513-518; y de Emma Graziella SRACENI: “Sul principio di ragionevolezza nel Diritto amministrativo canonico”, en ibid., 529-540.
[34] JUAN PABLO II: Carta Apostólica Spiritus et Sponsa en el Xl Aniversario de la Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la Sagrada Liturgia, 4 de diciembre de 2003, n. 11, en: http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/apost_letters/documents/hf_jp-ii_apl_20031204_sacra-liturgia_sp.html
[35] Para esto y lo que sigue, cf. Pierre BIGÓ – Fernando BASTOS DE AVILA – DEPARTAMENTO DE ACCIÓN SOCIAL DEL CELAM: Fe cristiana y compromiso social. Elementos para una reflexión sobre América Latina a la luz de la doctrina social de la Iglesia Secretariado Nacional de Pastoral Social Bogotá 19832a  153ss.
[36] Quizás tanto como un sociólogo, para tomar un ejemplo, el teólogo ha de ser – como la misma fe cristiana lo es y más en relación con todas las cosas desde su adhesión al Absoluto, al Totalmente Otro, a Dios revelado en Cristo – “crítico” y “autocrítico”. Mírese lo que señala al respecto Antonio LUCAS MARÍN: “La Sociología es crítica, es decir, intenta indagar la naturaleza de la sociedad humana, sin someterse a las ideologías dominantes, con independencia del sistema de intereses creados que puede comprometer su objetividad... Debe intentar descubrir lo que las sociedades se ocultan de sí mismas”, en: Introducción a la sociología. Para el estudio de la realidad social Pamplona Eunsa 1996 4a 39.
[37] Cf. Bernard HÄRING: Ética de la manipulación Herder Barcelona 1978 67ss. Para el educador se debería tratar, sin duda, de una de sus preocupaciones primordiales, si no la que más. Cf. Alfonso LÓPEZ QUINTAS: La manipulación de los educadores, en: La tolerancia y la manipulación, Ed. Rialp  Madrid 2001, pág. 256, en (consulta octubre 2007): http://www.terra.es/personal5/fmgszy/document/maniedu.htm Volveremos sobre el problema de la mentira en el cap. VI.
[38] La posición asumida por parte de algunos (teólogos y no-teólogos) – a la que se refirió el Papa FRANCISCO en el texto que acabamos de mencionar – llegó a ser en su momento tan radical y tan afectada por la “categorización marxista” como violenta reacción al “liberalismo salvaje” vigente, que la CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE debió publicar, como es sabido, dos Instrucciones para llegar a establecer las características de una “teología de la liberación” que quisiera ser considerada como “cristiana”. Véanse ellas: “Instrucción sobre algunos aspectos de la «Teología de la liberación» – Libertatis nuntius  (Instructio de quibusdam rationibus «Theologiae Liberationis»), 6 de agosto de 1984, en AAS 76 (1984) 876-909, en: http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_19840806_theology-liberation_sp.html ; e “Instrucción sobre libertad cristiana y liberación – Libertatis conscientia” (Instructio de libertate christiana et liberatione), 22 de marzo de 1986, en AAS 79 (1987) 554-599, en: http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_19860322_freedom-liberation_sp.html
[39] A propósito, entre otros factores, del documento de la COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL: “Teología hoy: Perspectivas, principios y criterios”, publicado el 8 de marzo de 2012, en: http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/cti_documents/rc_cti_doc_20111129_teologia-oggi_en.html
[40] “Si por… se entiende…, entonces…; pero, si por el contrario, por… se entiende…, entonces…” Véase también la excelente catequesis de BENEDICTO XVI del 28 de octubre de 2009, en la que rememora la historia temprana de las escuelas teológicas, durante el Medioevo, tiempo en el que se perfiló su método científico: unas hicieron más énfasis en una lectura bíblica orante y en una inspiración espiritual de la vida llevando sus antecedentes hasta los monasterios; y otras, las escolásticas, que querían conjugar la fe con la razón, dieron importancia a los debates y a las búsquedas de síntesis orientadas por los maestros, y tuvieron su origen en las “scholae”, las escuelas catedralicias. Unas y otras, sin embargo, deben servir a un mejor conocimiento y amor de Dios. Véase el texto en: http://212.77.1.245/news_services/bulletin/news/24573.php?index=24573&po_date=28.10.2009&lang=sp
[41] Exactamente lo que se denomina el libre albedrío o acto elícito: comentario mío.
[43] Aristóteles escribía en su Metafísica que "la finalidad de nuestro actual discurrir (es mostrar que) con el nombre de sophía todos hacen referencia a la ciencia de las primeras causas y de los primeros principios" (Met. A 981b 27-28). Distinguía entre Teoría y Praxis, lo cual es una novedad con respecto a Platón, para quien no había sino una única filosofía que era al mismo tiempo, actividad virtuosa que lleva a la felicidad y que coincide, sin más con la sabiduría. Para Aristóteles, hay una distinción clara y tajante entre Theoría/Praxis. Hay ciencias teóricas y ciencias prácticas y dentro de las teóricas hay una ciencia especulativa o proté filosofía (Prima Philosophia) y hay una filosofía segunda o déutera filosofía (Secunda Philosophia). Después sabremos que la filosofía primera es la teología y la filosofía segunda la física. Pero la cosa no es tan simple, pues dentro de la Theoría, hay la Física, la Matemática y la Teología. La Teología es la proté philosophia auténtica por excelencia dentro de la Theoría. Hay pues, tres ciencias teóricas: La matemática, que trata de los seres inmutables, pero no separados o sensibles; la física, que trata de los seres que tienen en sí mismos un principio de movimiento y que son, en consecuencia, seres móviles y separados unos de los otros o sensibles; y la metafísica u ontología o Filosofía primera o Teología, que se ocupa del Ser inmóvil y separado o suprasensible. La Teología es la ciencia del ser en cuanto ser, de la ousía o substancia y de sus atributos y propiedades porque se ocupa del Ser Primero, el objeto más excelso que existe y por este rasgo de primacía ontológica, al ocuparse de Dios, se ocupa entonces del ser en cuanto ser y de las sustancias. Por eso se considera a Aristóteles el fundador de la ontología o estudio filosófico del ser o del ente en cuanto ente. No hay ciencia para Aristóteles sino de lo universal. Por tanto, esta ciencia tratará de lo más universal que existe, "el ser en cuanto ser y sus atributos esenciales" (Met. V, 1, 1003 a 21). Las demás ciencias tratan del ser únicamente desde un cierto punto de vista, por lo que se les llama "ciencias particulares" Por lo tanto, la "filosofía primera" es la ontología (ciencia del ser). Esta ciencia filosófica del ser debe ser la ciencia de las primeras causas y principios, es decir, ciencia de las condiciones de posibilidad de toda ordenación. Sin embargo esta ciencia constituye meramente una aspiración. La filosofía primera es ciencia buscada.
[44] De éstas, por ejemplo, tenemos el caso de la Sociología. Uno de sus autores nos dice, por ejemplo: “Nos proponemos (en esta obra) dejar bien sentado el carácter científico de la Sociología, porque cumple la condición de lo que entendemos (hoy) por ciencia: saber objetivo y racional de la realidad. Es una ciencia empírica, basada en la observación y en el razonamiento, con una vértice teórica que le permite llegar más lejos de lo inmediatamente presente y criticar la misma realidad”. En: Antonio LUCAS MARÍN: Introducción a la sociología para el estudio de la realidad social, o. c. nt. 119, p. 55, 12.
Sentimientos similares encontramos por parte de los antropólogos respecto de su ciencia. Tal es el caso de Ralph BEALS – Harry HOIJER quienes señalan de qué manera se relaciona la Antropología con las demás Ciencias Sociales: “La antropología moderna, en sus aspectos físico y cultural, apenas si comenzó en el siglo XX. La antropología es ya una disciplina académica admitida: actualmente, los datos de antropología física y cultural son recogidos en el campo estudiado por investigadores adiestrados en estas tareas... Si bien se considera a la antropología comúnmente, y con entera corrección, como una ciencia social, relacionada principalmente con disciplinas como la sociología, la psicología, la geografía, la economía y la ciencia política, en modo alguno permanece aparte de las ciencias biológicas o de las humanidades...  En esencia, la función del antropólogo es integrar las diversas disciplinas que tratan del hombre... La antropología también ha aportado a las varias ciencias que tratan del hombre una mayor objetividad y relatividad de puntos de vista. Mediante el examen de una amplia serie de culturas que difieren grandemente de la nuestra, se hace posible ver el carácter no racional de buena parte de la cultura euro americana... El período moderno de la antropología se caracteriza por el nacimiento de nuevos enfoques que utilizan los métodos históricos y por el desarrollo de métodos no históricos...” En: Introducción a la antropología Aguilar Madrid 1972 2ª 17-23.
[45] Esta aclaración es básica para lo que tendremos que decir en los capítulos posteriores, especialmente en el tercero, sobre este tema (cf. pp. 175ss; 224ss; 265ss; 274ss; 289ss; 307; 310; 312ss).
[46] Constitución dogmática sobre la divina revelación, Dei Verbum 24.
[47] Decreto OT 16 a.
[48] Cf. Edward SCHILLEBEECKX: Cristo y los cristianos Cristiandad Madrid 1982 21.
[49] Prefiero emplear la cita del Catecismo de la Iglesia católica, en el n. 50, texto que resume el original que dice: “Hoc quoque perpetuus Ecclesiae catholicae consensus tenuit et tenet, duplicem esse ordinem cognitionis non solum principio, sed obiecto etiam distinctum: principio quidem, quia in altero naturali ratione, in altero fide divina cognoscimus; obiecto autem, quia praeter ea, ad quae naturalis ratio pertingere potest, credenda nobis proponuntur mysteria in Deo abscondita, quae, nisi revelata divinitus, innotescere non possunt. Quocirca Apostolus, qui a gentibus Deum ‘per ea, quae facta sunt’ (Rm 1,20), cognitum esse testatur, desserens tamen de gratia et veritate, quae ‘per Iesum Christum facta est’ (Jn 1,17), pronuntiat: ‘Loquimur Dei sapientiam in misterio, quae abscondita est, quam praedestinavit Deus ante saecula, in gloriam nostram, quiam nemo principum huius saeculi cognovit..., nobis autem revelavit Deus per Spiritum suum: Spiritus enim omnia scrutatur, etiam profunda Dei’ (1 Co 2, 7.8.10). Et ipse Unigenitus confitetur Patri, quia abscondit haec a sapientibus et prudentibus, et revelavit ea parvulis (cf. Mt 11,25)” : DS 3015.
[50] GS 62g.
[51] GS 62b.
[52] En la encíclica FER resume el Papa Juan Pablo II: “En la historia de este proceso es posible verificar la recepción crítica del pensamiento filosófico por parte de los pensadores cristianos. Entre los primeros ejemplos que se pueden encontrar, es ciertamente significativa la figura de Orígenes. Contra los ataques lanzados por el filósofo Celso, Orígenes asume la filosofía platónica para argumentar y responderle. Refiriéndose a no pocos elementos del pensamiento platónico, comienza a elaborar una primera forma de teología cristiana. En efecto, tanto el nombre mismo como la idea de teología en cuanto reflexión racional sobre Dios estaban ligados todavía hasta ese momento a su origen griego. En la filosofía aristotélica, por ejemplo, con este nombre se referían a la parte más noble y al verdadero culmen de la reflexión filosófica. Sin embargo, a la luz de la Revelación cristiana lo que anteriormente designaba una doctrina genérica sobre la divinidad adquirió un significado del todo nuevo, en cuanto definía la reflexión que el creyente realizaba para expresar la verdadera doctrina sobre Dios. Este nuevo pensamiento cristiano que se estaba desarrollando hacía uso de la filosofía, pero al mismo tiempo tendía a distinguirse claramente de ella. La historia muestra cómo hasta el mismo pensamiento platónico asumido en la teología sufrió profundas transformaciones, en particular por lo que se refiere a conceptos como la inmortalidad del alma, la divinización del hombre y el origen del mal” (n. 39).

[53] “Un puesto singular en este largo camino corresponde a santo Tomás, no sólo por el contenido de su doctrina, sino también por la relación dialogal que supo establecer con el pensamiento árabe y hebreo de su tiempo. En una época en la que los pensadores cristianos descubrieron los tesoros de la filosofía antigua, y más concretamente aristotélica, tuvo el gran mérito de destacar la armonía que existe entre la razón y la fe. Argumentaba que la luz de la razón y la luz de la fe proceden ambas de Dios; por tanto, no pueden contradecirse entre sí. 

Más radicalmente, Tomás reconoce que la naturaleza, objeto propio de la filosofía, puede contribuir a la comprensión de la revelación divina. La fe, por tanto, no teme la razón, sino que la busca y confía en ella. Como la gracia supone la naturaleza y la perfecciona, así la fe supone y perfecciona la razón. Esta última, iluminada por la fe, es liberada de la fragilidad y de los límites que derivan de la desobediencia del pecado y encuentra la fuerza necesaria para elevarse al conocimiento del misterio de Dios Uno y Trino. Aun señalando con fuerza el carácter sobrenatural de la fe, el Doctor Angélico no ha olvidado el valor de su carácter racional; sino que ha sabido profundizar y precisar este sentido. En efecto, la fe es de algún modo « ejercicio del pensamiento »; la razón del hombre no queda anulada ni se envilece dando su asentimiento a los contenidos de la fe, que en todo caso se alcanzan mediante una opción libre y consciente. 
Precisamente por este motivo la Iglesia ha propuesto siempre a santo Tomás como maestro de pensamiento y modelo del modo correcto de hacer teología. En este contexto, deseo recordar lo que escribió mi predecesor, el siervo de Dios Pablo VI, con ocasión del séptimo centenario de la muerte del Doctor Angélico: « No cabe duda que santo Tomás poseyó en grado eximio audacia para la búsqueda de la verdad, libertad de espíritu para afrontar problemas nuevos y la honradez intelectual propia de quien, no tolerando que el cristianismo se contamine con la filosofía pagana, sin embargo no rechaza a priori esta filosofía. Por eso ha pasado a la historia del pensamiento cristiano como precursor del nuevo rumbo de la filosofía y de la cultura universal. El punto capital y como el meollo de la solución casi profética a la nueva confrontación entre la razón y la fe, consiste en conciliar la secularidad del mundo con las exigencias radicales del Evangelio, sustrayéndose así a la tendencia innatural de despreciar el mundo y sus valores, pero sin eludir las exigencias supremas e inflexibles del orden sobrenatural »” N. 43.
Quizás los textos primeros de Aristóteles a los cuales San Alberto y Santo Tomás tuvieron acceso provenían de las traducciones del árabe al latín. Véanse los estudios sobre la Escuela de Toledo y sobre otros grupos de traductores, p. ej., en las obras de: ALVERNY, Marie-Thérèse d’: «Les traductions d’Aristote et de ses commentateurs» en Revue de Synthèse III 1968 49-52; GIL, José S.: «The Translators of the Period of D. Raimundo: Their Personalities and Translations (1125-1187)», en Rencontres de cultures dans la philosophie médiévale. Traductions et traducteurs de l’Antiquité tardive au XIVe siècle. Louvain-la-Neuve/Cassino 1990 109-119.

[54] Mario GUTIÉRREZ JARAMILLO, S. J. (Coordinador) – Rodolfo E. DE ROUX GUERRERO, S. J. – Cecilia TRISTAN – Iván F. MEJÍA ALVAREZ – Sergio TRUJILLO GARCÍA – Silvestre PONGUTÁ HURTADO SDB – Octavio ROMERO BLANDÓN, S. J. – Silvio A. CAJIAO PABÓN, S. J.: “Aproximación al estatuto epistemológico de la teología” en: AA. VV.: Interdisciplinariedad y Teología Pontificia Universidad Javeriana Colección Fe y Universidad  7 2001 21; cf. nt. 99.
[55] Cf. Ian G. BARBOUR: Religión y ciencia, o. c., nt. 91: Los capítulos relativos a “La religión y los métodos de la ciencia” (segundo, 133-276), y “La religión y las teorías de la ciencia” (tercero, 277-416).
[56] “Ciencia y Sabiduría”, Conferencia dictada por el autor en el ciclo del 24 al 27 de Agosto de 1998 en la PUJ, publicada por el suscrito para uso de sus estudiantes.
[57] Respecto de la definición misma de teología, de su alcance y su manera de proceder, considérese también el artículo de Abilio PEÑA: “Para iluminar estos momentos. ¿Dios tiene algo qué ver con lo social?” en el texto:  Teología Moral Social, publicado por el Departamento de Ciencias Religiosas 1997.
[58] El discurso teológico acerca de la Iglesia se lo denomina eclesiología, y el que estudia los cánones de la Iglesia desde su base y fundamentación teológica, teología del derecho canónico.
Sobre las condiciones de posibilidad para hacer una reflexión “teológica” en el presente, y sobre su necesidad, véase la excelente exposición del Papa BENEDICTO XVI el 30 de junio de 2011, con ocasión de la entrega por parte de él mismo, del Premio Raztinger a importantes cultores contemporáneos de la disciplina. Como decimos, siendo un elemento sustancial de esta investigación doctoral, remitimos al cap. IV, cristológico, al tratar del tema de Cristo-Logos, Cristo-Verdad salvadora, en I.8.b.15, p. 635, con su n. f. lxxvii.
Con todo, un documento oficial acerca de la “teología”, de sus “fuentes, principios, criterios y perspectivas”, de su “cientificidad” así como de su “sabiduría”, y de su papel en el concierto de los saberes y muy especialmente en medio de las universidades, ha sido hecho público por la COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL: “Theology Today: Perspectives, Principles And Criteria, 29 de noviembre de 2011, documento original, en http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/cti_documents/rc_cti_doc_20111129_teologia-oggi_en.html#_ftnref22
[59] Esa es nuestra posición que hemos expuesto en nuestra tesis doctoral: Derecho Canónico y Teología, o. c., p. 17, nt. 33.
[60] JUAN PABLO II: Carta encíclica VS n. 4.
La pregunta por cuáles habrían de ser las (o, al menos, algunas de las) características propias (“rasgos de familia”) de una “teología católica” ha sido respondida en tres capítulos por la COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL (CTI) en un reciente documento: Teología hoy: perspectivas, principios y criterios, 8 de marzo de 2012, publicado originalmente en inglés, y que puede verse en: http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/cti_documents/rc_cti_doc_20111129_teologia-oggi_en.html  
[61] Para mencionar sólo algunas destacadas: la gnóstica, la pelagiana, la nominalista y la que tuvo origen en Feuerbach…

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